Mi opinión sobre la Teoría del control social

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La teoría del arraigo social fue elaborada por Travis Hirschi (1969), quien creía que las personas, si no tienen motivos para cometer un delito, es gracias al miedo que deriva de las consecuencias que puedan surgir en las relaciones interpersonales e institucionales. En otras palabras, según este autor las personas están inclinadas a llevar a cabo conductas delictivas, pero no las llevan a cabo por miedo al perjuicio que tales conductas les pueda ocasionar en las relaciones con los padres, amigos, vecinos, escuela, trabajo, etcétera.

Según el sociólogo y criminólogo estadounidense, todos nosotros somos delincuentes potenciales y, por lo tanto, tenemos muchas probabilidades de acabar infringiendo las normas en algún momento de nuestra vida. Si no lo hacemos es debido a «algo» que nos frena. Hirschi está convencido de que eso que nos frena a delinquir es nuestro grado de arraigamiento social, es decir, nuestra condición de encontrarnos insertados dentro de una determinada comunidad, a la que valoramos en algún grado y con la que nos sentimos de algún modo responsables. Desde el punto de vista de la teoría del control social, las represalias negativas que podría conllevar para nosotros un comportamiento delictivo o anormal a los ojos de la comunidad, es el móvil que nos conduce a no cometerlo. Este frágil muro de contención es, por lo tanto, lo que nos retiene de inundar con delitos a la sociedad.

De acuerdo con la teoría del arraigo social, el objetivo principal de cualquier sociedad debe ser la de intentar preservar en buen estado, sin fracturas, ese muro de contención del que hemos hablado, ya que se encarga de mantener la delincuencia bajo control. Hirschi sostiene que semejante tarea solo se puede lograr si se consigue que los individuos se sientan vinculados a la sociedad a la que pertenecen. Para conseguir semejante propósito, según el fundador de la teoría del control, se requiere desarrollar los siguientes principios:

  • Disfrutar de creencias propias y poseer una sólida construcción moral que permita el desarrollo de valores.
  • Participar en actividades sociales.
  • Identificarse y comprometerse con los valores convencionales.
  • Afección y consideración hacia las personas.

En mi opinión, creo que lo más importante, para que un joven no llegue a iniciarse en conductas delictivas, es que disfrute de una sólida construcción moral a partir de valores muy concretos, que deben de emanar de nuestra cultura Greco-latina y Judeo-cristiana. Considero esencial que los jóvenes de hoy en día atiendan y se interesen por un asunto de mucha importancia: el de levantar unas bases morales sólidas, graníticas, a partir de las cuales poder construir su propia personalidad y, por supuesto, a la luz de valores como la solidaridad, la pluralidad, la justicia, la verdad, el compromiso, etcétera. A una edad muy temprana, a los jóvenes se les debe presentar un relato, el relato de nuestra cultura. Asimismo, las personalidades de los más jóvenes deberían, según entiendo, construirse y desarrollarse sobre unos pilares firmes, sobre una estructura ética sólida, y apoyada por un relato que les habría de permitir identificarse y comprometerse con su cultura, las personas y el mundo.

De los cuatro factores que Hirschi menciona en su teoría del arraigo social, el más relevante —según puedo llegar a comprender— es el que trata de las creencias y la moralidad, dado que este se erige como un dique infranqueable que separa la conducta criminal de la conducta cívica. Ciertamente, los otros factores afectan, pero no en el mismo grado. En cualquier caso, es conveniente que cualquier familia facilite a los hijos los medios adecuados que permitan a estos sumergirse en un relato coherente de su cultura, dado que esto les permitirá fructificar en el aspecto moral. No es conveniente que los hijos crezcan en un marco contextual donde los «valores» y los «derechos», a pesar de que se proclaman por doquier, permanecen vacíos de contenido, ya que una situación similar los conducirá irremediablemente a la anomia. De igual forma, los padres, deben encargarse de que los hijos reciban una educación moral no impositiva, es decir, deben ser los mismos hijos quienes califiquen de «autoridad» cualquier precepto moral, haciendo uso, eso sí, de sus facultades de razonar. Ahora bien, ello no obsta para que los padres elijan con criterio qué es lo que les conviene a sus hijos. Personalmente, yo, como padre, procuraría que mi hijo tuviera contacto con las personas más excelsas de nuestra cultura (cuando digo esto pienso principalmente en los filósofos clásicos y en la buena literatura), dado que tales figuras contribuyen a hacer aparecer en nuestros hijos un código moral que los acompañará a lo largo de sus vidas, y muy probablemente los alejará de cometer delitos en más de una ocasión.

En resumen, lo que se pretende con ello es que los niños observen y obtengan un referente para imitar, ya provenga de la familia (institución familiar) como primer espacio de socialización del individuo, o bien resulte del vínculo que se tenga con referentes externos (individuos con cualidades específicas que logren influir positivamente en el niño).

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