La miseria del individuo

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Una de las consecuencias que tiene la lectura, y en especial la lectura de libros de carácter filosófico, es que te hacen pensar. ¿Pensar? ¿Acaso no pensamos a diario? ¡Pensamos demasiado y sin necesidad alguna de libros! ¡Precisamente lo que queremos es dejar de pensar demasiado por todo!, inferirán algunos. Desde luego que pensamos, les contestaré, pero ¿hacia dónde dirigimos nuestros pensamientos? Las preocupaciones del día a día (el trabajo, el estudio, la familia, etcétera) ocupan una buena parte de nuestros pensamientos. Los raciocinios más elevados quedan, a la postre, apartados a un segundo plano por los pensamientos más mundanos y triviales. El libro, sin embargo, consigue abstraer a la persona que lo lee de sus preocupaciones mundanas y le abren paso al interés de cosas más trascendentales. ¿Y qué hay más importante que la existencia del hombre? El filósofo danés Kierkegaard me ha hecho reflexionar sobre ello…

¿Qué significa “existir”? Existir es ser reconocido por uno mismo y por los demás, en tanto individuo físico o biológico, pensaba yo ingenuamente antes de leer su libro. Para Kierkegaard la existencia hace referencia a la cualidad no física sino moral de llegar a ser cada vez más una individualidad y, cada vez menos, un simple miembro del grupo, masa o colectividad —una mera abstracción anónima—. “Existir”, para él, significa devenir cada vez más concreto, particular, individual. Es decir, para que una persona pueda existir debe primero formarse, modelarse, instruirse. Sólo, de este modo, uno podrá llegar a forjar los rasgos que le caracterizarán como individuo.

Así pues la existencia de cada individuo depende de su voluntad de existir, esto es, de hacerse un individuo mediante un proceso de formación y autenticidad. Se podría decir que NO nacemos individuos sino que NOS hacemos individuos. La individualidad o identidad personal hace falta entenderla como “autenticidad”. ¿Qué debemos entender aquí por autenticidad? Para Rousseau autenticidad significa no vivir fuera de uno mismo en la opinión ajena, es decir, no vivir atrapados por los valores socialmente dominantes -lujos, ostentación de riquezas, apariencia de saber, poder, fama, etcétera. “Existen” pocos individuos “auténticos” en nuestro tiempo y los pocos que quedan están siendo asediados por una masa informe de hombres sin identidad. Temo que los pocos “individuos”, en tanto auténticos, que quedan se extingan como se extinguieron los dinosaurios. Hasta la llegada de su extinción al menos les quedará el consuelo de su singularidad, pues como ya saben la escasez se aprecia más que la abundancia.

Uno no puede por menos que horrorizarse ante semejante espectáculo. Cada vez las personas se parecen más: visten igual; piensan lo mismo (piensan lo que les hacen pensar los medios de comunicación de masas); actúan y se expresan de la misma forma; practican las mismas actividades; tienen los mismos gustos; etcétera, etcétera. Vamos que, como expresaría Kierkegaard si aún viviese, cada vez “existen” menos personas…

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