El hombre: un ser hipócrita

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«En realidad no eres así». «No finjas ser una persona que no eres». «Sé tú mismo». ¿Cuántas veces habremos escuchado frases de esta guisa? ¿Cuántas contestaciones del estilo «qué sabrás tú» o «el/la que no sabe como soy en realidad eres tú» habrán irrumpido con violencia en nuestras cabezas? En cualquier caso, lo que aquí nos interesa no es tanto recordar anécdotas cotidianas como desmentir lo que muchas personas creen: que el ser humano es —y en consecuencia actúa— de una determinada manera, es decir, que se comporta de modo unívoco con todas las personas por igual, sin distinción alguna.

Somos muchos los que creemos que la convivencia, o cuando menos el trato asiduo, se hace indispensable para conocer realmente a una persona. Ciertamente, cuando pasamos mucho tiempo al lado de alguien descubrimos que somos capaces de intuir sus deseos, avanzarnos a sus acciones e incluso comprender sus motivaciones. Sin embargo, el conocimiento que podemos llegar a alcanzar sobre dicha persona se reduce a nuestro ámbito limitado de conocimiento. Lo único que sabemos es cómo esa persona se comporta con nosotros, cuál es su conducta en nuestro mundo. Ignoramos que esa persona —de igual modo nosotros mismos— vive en otros mundos y se comporta de un modo distinto a como lo hace en el nuestro. Por ejemplo, un hombre casado y con hijos puede adoptar el rol de «padre» cuando está en casa y actuar en consecuencia. En cambio,  hallándose con los amigos, es más probable que adopte el rol de «amigo alocado». En dicha situación la responsabilidad y la condescendencia, como cabe imaginar, brillarán por su ausencia, y en su lugar abundarán las bromas de mal gusto. Otro buen ejemplo es el adolescente que, estando con sus amigos, parece que le interesan los videojuegos y el deporte, desdeñando por completo la literatura. En cambio, hallándose con su novia, el interés por Flaubert, Cervantes y Orwell cobra sorprendentemente una fuerza inusitada.

Llegados a este punto es legítimo  que algún lector sentencie que la conducta adoptada por ambos demuestra una gran hipocresía, en tanto en cuanto sus conductas no se ciñen a lo que realmente son. Pero, ¿qué son en realidad? Son lo que el medio en el que viven les insta a ser; se adaptan al medio y adoptan sus conductas conforme a él. Si la novia del adolescente es una amante de la literatura, es probable que el novio muestre interés por ese arte. No afirmo taxativamente que al novio termine gustándole la literatura. Simplemente sostengo que este adoptaría una conducta muy distinta en el caso de que se hallara en otro contexto.

Por tanto, a fin de cuentas, cuando nos digan «no finjas ser una persona que no eres» puedes contestarles: «Y dime, ¿quién soy?» Te lo diré: eres un ser camaleónico que mudas constantemente de piel, un ser que adopta roles y conductas según se halle en uno u otro lugar, con unas u otras personas. Una farola siempre será una farola ya esté en Madrid, en Paris o en Tombuctú; un ser humano no, pues cambia continuamente al modificarse las circunstancias. Finalmente, a la pregunta «quién soy» puedo responderte que «no eres nadie al poder serlo todo».

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