¿Cómo hemos de vivir?

44-15-Virtudes-Humanas

Hoy en día se nos dice: “vive la vida y aprovecha el momento (Carpe Diem).” Imbuido por esta “filosofía” el hombre, cazador de novedades, viaja por todo el mundo, acude a fiestas y conciertos, hace nuevas amistades diariamente, experimenta con su sexualidad, coquetea con el alcohol y las drogas, en el campo del amor le gusta innovar, compra y juega compulsiva y apasionadamente, etcétera. Vamos, que quiere hacer, descubrir y vivirlo todo. Nada le contenta; la barrera que establece los límites se desvanece, y por encima de todo teme una cosa: el aburrimiento, que acecha muy de cerca… Como el tiempo es limitado y las posibilidades son infinitas, la vida parece que se le cuela, como granitos de arena, entre las manos. Y, ¿qué obtiene en realidad en este afán desmesurado de vivir la vida? Angustia, ansiedad, inquietud, disipación, desazón, preocupación. Cosecha todo lo contrario de lo que una buena vida exige: tranquilidad, despreocupación, contento, complacencia.

De modo que nos dicen: “date prisa en vivir la vida que esta no espera y huye a gran velocidad”. Y entonces, ¿qué hacemos? Los más intrépidos se apresuran en vivir con desenfreno, y los más juiciosos, estando siempre a la sombra de los primeros, reflexionan: está bien, debo vivir la vida, pero… ¿cómo la vivo? Hete aquí la cuestión ética más fundamental para el hombre: ¿Cómo debemos vivir?

A este respecto el filósofo estoico Séneca nos puede ayudar cuando aconseja que «hemos de escoger un hombre virtuoso y tenerlo siempre ante nuestra consideración para vivir como si él nos observara, y actuar en todo como si él nos viera. […] Una gran parte de las faltas se evita, si un testigo permanece junto a quienes van a cometerlas. El alma debe tener alguien a quien venerar, cuyo ascendiente haga aún más sagrada su intimidad. […] Elige a aquel de quien te agradó la conducta, las palabras y su mismo semblante, espejo del alma; tenlo siempre presente o como protector, o como dechado. Precisamos de alguien, lo repito, al que ajustar como modelo nuestra propia forma de ser: si no es conforme a un patrón, no corregirás los defectos».

Séneca nos enseña a no precipitarnos ni actuar impulsivamente si alguna vez nos sentimos inclinados a cometer alguna falta, y que ante situaciones críticas debemos comportarnos como si alguien, el modelo que seguimos, nos estuviera observando. Teniendo esto presente -y hablo por experiencia- se evitarían muchos vicios. ¡Cuán agradecido estaría el pueblo sabiendo que sus gobernantes rigen su conducta a tenor con la virtud de este “testigo” interior! Cuán complacidos estarían los gobernantes advirtiendo que el pueblo vive rectamente!

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