Supresión de los partidos políticos

00-splash-background

La sociedad es un teatro: encima del escenario actores representan la obra supervisada, entre bastidores, por los encargados de dirigirla; sentados en el patio de butacas estamos nosotros, el público, ora despiertos, ora adormilados.

De entre el público “despierto” se contaba, en el siglo pasado, la filósofa Simone Weil cuyo pensamiento la situó como una de las grandes detractoras del comunismo en su tiempo, al considerar que las premisas sobre las que se fundamentaba eran las mismas a las del capitalismo. Weil sostenía que el comunismo no podía considerarse una alternativa al sistema capitalista, ya que este sistema era asimismo una maquina opresora y explotadora del hombre por medio del trabajo: el proletariado en un sistema capitalista trabaja para los particulares y en un sistema comunista para el estado. Tanto el capitalismo como el comunismo coinciden en algo: ambos se basan en el trabajo y la explotación para el funcionamiento de su maquinaria.

La Supresión de los partidos políticos fue otra de las aportaciones intelectuales de Simone Weil de los que llegó a decir:

<<Los partidos constituyen un mecanismo maravilloso en virtud del cual, a través de toda la extensión de un país, ni una sola mente otorga su atención al esfuerzo de discernir en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad.

De ello resulta que –salvo en muy pequeño número de coincidencias fortuitas- no se deciden y ejecutan sino medidas contrarias al bien público, a la justicia y a la verdad>>.

Weil sostenía que el sistema de partidos era nefasto para la democracia, ya que

<<Quien se adhiere a un partido ha percibido, por lo visto, en la acción y la propaganda de este partido, cosas que le parecieron justas y buenas. Pero jamás ha estudiado la posición del partido en relación a todos los problemas de la vida pública. Al entrar en el partido, acepta posiciones que él desconoce. Así se somete al pensamiento de la autoridad del partido. Cuando, poco a poco, vaya conociendo estas posiciones, las admitirá sin examen>>.

La filósofa veía claro que estar sometido a la lógica del partido constituye una cohibición de la libertad de pensamiento y, por extensión, de expresión. Permanecer dentro de un partido significa asesinar el pensamiento autónomo que sigue los criterios del bien, la justicia y la verdad. ¿Cuántas veces un representante de algún partido político habrá estado en desacuerdo con el pensamiento de alguien que está dentro de su partido; cuántas veces habrá aprobado interiormente el pensamiento de una persona de otro partido y, sin embargo, no le habrá quedado más remedio que aceptar el pensamiento del propio partido?

Una persona inteligente –y deshonesta- no le supondrá gran sacrificio traicionar su forma de pensar si con ello consigue el favor de sus semejantes (su jefe, sus padres, la autoridad del partido, etc.). Pero este proceder poco virtuoso, aplicado a la esfera política, conlleva un debilitamiento de la democracia. Los políticos deberían tender hacia el bien público y no hacia el crecimiento de su propio partido. Porque sólo el bien es un fin. La política en la actualidad ha degenerado en una especie de carrera esquizofrénica que tiene como fin último el crecimiento del partido. Por muy buenas intenciones que tenga un político de cara al bien público, jamás podrá actuar de forma auténtica, conforme a criterios de bien y de justicia, ya que, al estar adscrito a un partido, se le exigirá que de forma tácita acepte posturas sobre asuntos que la ideología del partido ha procurado pensar por él. Simone Weil otra vez dice:

<<Es imposible examinar los problemas espantosamente complejos de la vida pública mientras se mantiene uno atento al mismo tiempo, por un lado, a discernir la verdad, la justicia, el bien público y,  por otro, a conservar la actitud que conviene a un miembro de un grupo específico. La facultad humana de atención no es capaz simultáneamente  de ambas preocupaciones. De hecho, el que se preocupa por una, abandona la otra>>.

Nuestra democracia fue fundada sobre el juego de los partidos políticos a raíz del espíritu de la revolución francesa de 1789. La influencia de estos ha contaminado toda la vida mental de nuestra época. En vista del perjudico que causa dicho sistema de organización es preciso, en mi opinión, sustituirlo por otro; uno que permita a los políticos -¡qué palabra tan corrompida!- del futuro desempeñar sus funciones con libertad de pensamiento (sin que un partido les proporcione los idearios preconcebidos) y que asegure a los ciudadanos que los representantes en el Congreso velan por sus intereses de acuerdo con la idea del bien, de la justicia y de la verdad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s