Un adagio oriental dice así: “solo se aprende lo que no debe ser aprendido”

Carta

Querido diario:

Las personas cambian, evolucionan a lo largo de la vida. Esto lo sé muy bien, pues es algo que la experiencia se ha cuidado mucho de confirmarme. Al  dirigir una mirada retrospectiva sobre los años trascurridos puedo ver con claridad diáfana como mi carácter ha ido variando a la largo de la vida según me hallara en uno u otro contexto. Pero como mis fluctuaciones han sido tantas y tan variadas tendré que conformare con relatar aquí tan sólo una de ellas.

Mi intención no es retroceder hasta mi nacimiento, pero es fundamental para el esclarecimiento de los hechos que mencione aquí que tuve la suerte –o la desgracia, según se mire- de nacer en el seno de una familia acomodada. Nací sumergido en un ambiente de opulencia, en el que nunca me ha faltado de nada. ¿Quería un patinete? Lo tenía. ¿Quería el mismo juguete que le habían regalado a uno de mis amigos? Al cabo de poco me lo compraban. Y así ocurría con todo a lo que mi imaginación tenía el capricho de desear. Puede decirse que conseguía todo cuanto deseaba.

Vamos, no seas tan ingenuo. ¿Acaso piensas que fue algo beneficioso para mí todo cuanto te he dicho? Puedo verte asintiendo con la cabeza… Sé exactamente lo que estás pensando. Y con razón lo piensas, mi querido diario. ¿No hay nada mejor como vivir sin obstáculos ni limitaciones verdad? ¡Pues no! Esto puede llegar a ser cierto para alguien a quien el conocimiento y la razón le han sido confiados. Sin embargo, un niño, con su tierna edad, no goza de tales virtudes. El niño necesita que le impongan la moderación; el adulto tiene el deber de moderarse a sí mismo. En mi caso, lo que ocurrió fue que nadie puso fronteras a mis pasiones. El resultado fue que me convertí en un niño consentido e insatisfecho, al que nada le satisfacía. Y la culpa –no tengo ninguna duda- la tuvieron mis padres que, con buenas intenciones, me lo concedieron todo.

El mundo de hoy es como las maquinas traga-perras: si no tienes dinero no puedes jugar. Durante toda la infancia y adolescencia viví con total despreocupación, yendo de aquí para allá, viviendo el presente y acaso fantaseando alguna vez con el futuro, pero jamás rememorando el pasado. Ahora, sin embargo, a mis cincuenta años recién cumplidos, el pasado ocupa la mayor parte de mis pensamientos. ¿Nostalgia? Al principio creía que efectivamente era la simple añoranza de un pasado mejor, en cuyo mundo vivía como en un sueño. No había realidad en esa vida, todo era ficción. Pero la ficción no puede durar eternamente, pues, como en un libro, cuenta con un principio y un final; una vez pasada la última página la descarnada realidad se presenta ante nosotros.

Un adagio oriental dice así: “solo se aprende lo que no debe ser aprendido”. ¡Cuánta razón hay en esta frase! Para aprender a vivir de poco sirven las técnicas y los manuales; se necesitan maestros, personas cuya existencia sea un libro abierto donde aprender. La educación que he recibido no me ha enseñado a afrontar la vida. Tan solo quiso de mí que fuera un profesional y me educó en consecuencia. Ciertamente tal educación consiguió que cada día que pasara me hiciera un poco más rico, haciendo que mi vacío fuera colmado con objetos materiales. Mas, a medida que iba pasando el tiempo, me fui dando cuenta que todo cuanto compraba no me hacía verdaderamente feliz. Lo único que conseguía era hacer crecer un vacío interior que no era capaz de llenarlo con nada: el trabajo me aburría, la soledad me horrorizaba, buscaba todo el día estímulos exteriores, necesitaba estar rodeado de gente todo el día. No me preguntes por qué razón pero, a la sazón, necesitaba escuchar constantemente ruido a mí alrededor. Un ejemplo: cuando me encontraba solo en casa necesitaba encender el televisor, no para ver algún programa o alguna película sino para escuchar algo, para no sentirme solo. Necesitaba, como la abeja su miel, el ruido exterior. Esto me evitaba pensar en mi vida. Y, sin embargo, no hay nada que hubiera necesitado más que pensar en mí.

¿En que se convirtió mi vida? ¡En un incesante esperar! Esperaba con ansiedad el verano, la navidad, el fin de semana, la comida, la cena, el desayuno, esperaba el lanzamiento de un videojuego o una película, esperaba el tren, el metro, esperaba a mi padre que me recogiera en el colegio, en definitiva mi vida se había convertido en un esperar. No hacía nada productivo, me limitaba simplemente a esperar. ¿Qué vida más anodina verdad? Y mientras esperaba, pues intentaba “pasar el rato” distrayéndome con cualquier cosa. Cuando no tenía obligaciones quedaba con algún amigo –que se sentía igual de solo que yo- para distraerme. Mi vida se convirtió, a la postre, en un camino que no conducía a ningún lugar. Quedé atrapado en mi propio engaño al pensar que al andar ya estaba dirigiéndome hacia algún lugar. ¡Cuán equivocado estaba! Antes de comenzar la travesía se debe establecer el objetivo, porque si no se tiene lo único que se consigue es parecerse a un hámster cuando corre sobre la rueda de una jaula: cuanto más se corre más se cansa pero no sirve para llegar a ningún sitio.

Ahora, digo, soy consciente de la vida insignificante que llevaba. ¿Sabes que fue lo que me abrió los ojos? Algo tan trivial como un artículo de un periódico. Un buen día mi padre compró el periódico como de costumbre y lo dejó abierto sobre la mesa, y no me acuerdo por qué motivo pero me detuve a observar una fotografía que había al lado de un pequeño párrafo que intentaré transcribir de memoria a continuación:

“Dime una cosa –sí, tú, el que se esconde detrás de una pantalla siempre que puede para escapar de la deslucida realidad-, ¿alguna vez te has preguntado por qué haces esto o lo otro? ¿Andas para llegar a algún sitio en concreto o andas por andar, por el placer mismo que te produce? ¿Nunca has pensado sobre ello? Pues deberías reflexionar seriamente. Este, y no otro, es tú único cometido en la vida: descubrir para qué o por qué estás aquí”.

Creo firmemente que cada ser humano tiene alguna cualidad que lo hace diferente al resto. Todos tenemos alguna habilidad que nos hace especiales. Sin embargo nos domina nuestra incapacidad para descubrirla. De ahí a que muchas personas consuman su vida sin ni siquiera haber sospechado de la presencia de estas. Pero, ¿por qué no llegamos a hallarlas? Ciertamente, el sistema educativo no ayuda a este cometido. La educación que imparten nuestras instituciones está dirigida a producir hombres-maquina, personas conformistas capaces de adaptarse a la compleja maquinaria que nosotros mismos hemos creado. El hombre ha creado una máquina para su servicio, pero esta se ha hecho tan grande y compleja que ha acabado por someterlo.

 

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