He perdido el tiempo y ahora el tiempo me pierde a mí

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He perdido el tiempo, dijo Shakespeare en una ocasión, y ahora el tiempo me pierde a mí. La frase, que el dramaturgo dispuso en boca de Ricardo II, refleja la triste e insoslayable condición del hombre, los funestos efectos que ejerce el tiempo sobre él. Porque si algo teme es el paso del tiempo. No tanto el hecho de morir como la imposibilidad de ver realizados todos sus deseos. La incapacidad de poder llevar a cabo todo cuanto se desea predispone a la infelicidad. Y el hombre de nuestro tiempo desea mucho, quizás demasiado…

El mundo global y tecnológico en el que nos ha tocado la suerte de vivir pone a nuestro alcance infinidad de cosas. El ser humano del siglo XXI es un ser que no tiene fronteras, un ser que puede cambiar de vida en cuestión de segundos si se lo propone, un ser que tiene a su alcance miles de objetos materiales, un ser que hoy puede estar en Paris y mañana en Tombuctú. El hombre actual es, en definitiva, una especie de Dios que se abastece sin cesar de la sociedad.

¿Qué problema hay en todo ello? En principio no habría ningún problema si el hombre fuera educado para la Virtud tal y como la entendían los griegos y los romanos, es decir, enseñados desde jóvenes para llegar a ser personas razonables y moderadas. El problema estriba en que no estamos siendo educados para la Virtud, lo cual lo considero una tragedia. Según Aristóteles, el fin o bien último que persigue el hombre es la eudemonía o sea, felicidad, entendida como plenitud de ser. El filósofo sostenía que la felicidad se podía lograr mediante el control y la moderación, es decir, haciendo uso de la Virtud. Un hombre que sucumbe a la pasión de la lujuria y el placer no puede, según él, ser realmente feliz.

Por otro lado, en la actualidad el Amor en cuanto tal se está viendo substituido por el sexo, por el mero placer carnal. Son muy pocas las personas que tienen la suerte de gozar hoy en día del amor, en sus sentido más amplio. Esta es una consecuencia lógica de vivir en un mundo cuyos habitantes cuentan con miles de placeres a su alcance y que adoptan una filosofía de vida, a mi juicio, equivocada: el hedonismo. El hedonismo nos permite hacerlo todo, pero para hacerlo todo necesitamos tiempo, y el tiempo es escaso. Por tanto, ¿qué nos queda? Nos queda aumentar de velocidad, convertir esta sociedad frenética en algo aún más frenético. ¿Lo queremos todo verdad? ¡No podemos hacerlo todo! Esto nos entristece. Pero lo que más nos aflige es ver cómo el tiempo se nos escapa por entre las manos…

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