Diario de un nacionalista

bandera catalana

Querido diario:

Por fin han llegado las vacaciones de verano y puedo comenzar de nuevo a escribir en tus páginas. ¡Cómo te he echado de menos este año! Por lo que he podido leer más arriba, la última conversación la mantuvimos hace aproximadamente un año; exactamente fue el 29 de Agosto de 2014. Desde entonces ¡no he vuelto a escribir en ningún otro diario! ¿No te parece increíble? Puedes vanagloriarte ante tus amigos, cuya amistad imagino sigues cultivando, de que tu escribiente te ha sido fiel todo este tiempo. Existen pocos diarios que puedan presumir de tamaña lealtad; asimismo existen pocas personas capaces de seguir con fidelidad un compromiso…

Mi esposa me dejó hace cinco meses, después de llevar veintiséis años viviendo juntos. ¿Te acuerdas de María? Te he hablado en muchas ocasiones de ella. Parece que fue ayer cuando la vi por primera vez… tan hermosa… en aquella discoteca. Recuerdo –¡oh lo recuerdo muy bien!- como al día siguiente de conocerla acudí a ti. ¿Te acuerdas de qué manera busqué en ti amparo y consejo? Qué joven era por aquel entonces. Tenía diecinueve años recién cumplidos y mi inexperiencia en el amor me avergonzaba sobremanera. Por suerte siempre estuviste allí para ayudarme. Desde entonces nunca me has fallado y, pienso, que no lo harás en un futuro.

Sin embargo, teniendo en cuenta las circunstancias, estoy relativamente bien. No te preocupes por mí –que te conozco y sé que lo haces constantemente-. La infidelidad de mi mujer no ha tenido, para mi sorpresa, mayores repercusiones que el ineludible desconsuelo inicial. Ahora, transcurrido un tiempo, veo luz al final del túnel. Y creo que lo he conseguido gracias a un útil subterfugio cuya práctica utilizan, creo, muchas personas desesperadas. He apaciguado el genuino dolor que contiene mi vida proyectando mis pensamientos hacia el exterior, pensando en el mundo y no exclusivamente en mí.

Mi vida, justo en el momento en que me abandonó María, dejó de tener sentido. De súbito, mi existencia pasó de poseer un significado a no tener siquiera valor alguno. ¿Qué me ayudó a salir del pozo en el que me iba hundiendo día a día? Pues, nada más lejos de la realidad, me ayudó la misma humanidad. Necesitaba, anhelaba con todas mis fuerzas, estar en comunión con otras personas, relacionarme con ellas, no tanto física como espiritualmente. Quería sentirme integrado, estar dentro de algo, no lejos y excluido, sino en el núcleo. ¿Cómo podía hacer tal cosa? ¿Cómo podía la vida otorgarme un nuevo rumbo, un nuevo sentido? Fue entonces cuando hallé cobijo en las creencias.

Por aquel entonces mi mujer completaba mi realidad; en la actualidad las creencias llenan este vacío. Creer en algo y luchar por ello. Esta es la máxima que sigo con diligencia. Lucho defendiendo una causa que para muchos puede parecer trivial pero que para mí lo es todo, pues le confiere un sentido a mi vida. Esta lucha puede ser admirable o execrable, pero lo sustancial es que me une a otras personas, al mismo tiempo que le otorga un significado a mi existencia. ¿Soy más feliz ahora? No creo que lo sea. Pero al menos mi paso por este mundo está siendo más soportable.

Quiero, si me lo permites, transcribirte un pasaje que he leído esta mañana en el periódico, cuya tesis principal sostiene que “los nacionalismos son un burdo chauvinismo” porque, en lugar de unir, separa y confronta a las personas. Espero no aburrirte en demasía:

“En nuestro tiempo el discurso político goza de una bajeza intelectual sin precedentes en la historia de la humanidad. Esto es un hecho incontestable. Sólo hace falta presenciar un discurso del presidente del gobierno para confirmarlo. ¿Qué dice? Nada interesante. Sólo hace que repetir tonterías que nosotros tomamos como axiomas. Pero, antes de hablar sobre política preguntémonos antes qué es la política. ¿Qué es en realidad hacer política? En primer lugar no deberíamos considerar “la política” como el cargo que desempeñan las personas que nos representan. La política, como ciencia, es algo que, a mi entender, deberían practicar todos los ciudadanos mediante la observación del mundo. Hablar de política no consiste en repetir lo que se ha leído en el periódico, pues en los periódicos se reflejan los temas de interés de los políticos “profesionales”, y lo que ellos pueden decir o, mejor dicho, lo que ellos dicen es tan denigrante para el ciudadano bien informado que desespera.

¿Qué repiten nuestros políticos? Que Catalunya debe ser independiente. Y los ciudadanos, como buenos acólitos, repiten la liturgia sin apenas reflexionar. Son muy pocas las personas que estudian este fenómeno de forma objetiva. La mayor parte de los ciudadanos sólo hacen que repetir lo que escuchan en el periódico o en los informativos y esto los conduce a formarse una opinión sesgada de la realidad.

Me apena que a estas alturas aún sigamos defendiendo chauvinismos tan burdos como los nacionalismos en lugar de reservar fuerzas para abogar por el ideal universalista. Es desalentador que en pleno siglo XXI aún estemos con esto. Nuestra tecnología permite comunicar un alemán con un americano que vive en las antípodas. Y sin embargo, esta tecnología no está siendo utilizada para fines políticos. En lugar de erigir muros lo que convendría es derrocara muchos otros, pues los muros inevitablemente conducen a la confrontación. Los que permanecen a un lado odian inevitablemente a los que están al otro lado  de la línea y viceversa. Así la especie humana no puede progresar. El odio, las guerras y la pobreza continuarán campando a sus anchas por nuestro planeta azul (cada vez más gris). Los diferentes países continuaran fabricando armamento para defenderse de otros países mientras continúen los muros separando a las personas. Y de este modo se dedicará más dinero en el plano armamentístico que en el social. Los países subdesarrollados continuaran siéndolo y los más poderosos continuarán con los vulgares e inacabables enfrentamientos entre naciones.

Nuestro mundo debería contar con un gobierno mundial, disponer de una sola moneda y ser defendido por un solo cuerpo de seguridad. El ejército debería desparecer, pues como no habría fronteras entre naciones, ni distinción, no habría guerras. Deberíamos convocar una cimera a nivel mundial y llegar a un acuerdo entre todos los países del mundo para erradicar la pobreza, impulsar la educación y la sanidad, y desarmar el mundo. Los países deberían deshacerse del armamento que tienen cuanto antes si no se quiere llegar a un inevitable enfrentamiento entre naciones.  

La idiosincrasia de cada nación, así como su cultura, no debería en absoluto desaparecer. Debería preservarse todo el patrimonio cultural, pero habría de enseñarse una lengua universal junto a la particular. Un gobierno mundial debería abogar por todos los países por igual y no por determinadas naciones.

Pienso que este, y no otro, es el ideal que deberíamos apoyar. Sobre todo los jóvenes, porque son ellos quienes construirán el futuro. ¡Es una empresa imposible!, pontifican los más escépticos. A lo que yo contesto que no hay nada imposible para una especie que ha sido capaz de descubrir la penicilina, inventar el teléfono o llegar a la luna. Lo que no hay es voluntad y, sobre todo, lo que sobra es mucha ignorancia. Este es el verdadero problema de nuestro mundo del “conocimiento”: la ignorancia. Y no me refiero a aquellos que no han tenido la oportunidad de asistir a la escuela, sino por aquellos que han malgastado dicha oportunidad…”

Este artículo me ha hecho reflexionar como hacía tiempo que no lo hacía. A lo mejor, de ahora en adelante, debería pensar con más profundidad aquello que defiendo con tanto ahínco. Sin embargo, de momento nadie me sacará la señera que tengo colgada en el balcón. Esto seguro. Por lo demás, prometo dejarme ver más a menudo; me gusta disfrutar de tu compañía.

Siempre tuyo,

12/08/2015

Nota: La persona que ha escrito este diario es fruto de mi imaginación, lo cual no hay que confundir su pensamiento con el mío. 

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