Diario de una madre

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Querido diario:

Soy madre de tres revoltosos niños (dos niños y una niña). Sus edades oscilan entre los doce y los quince años; la niña es la más joven con doce años recién cumplidos y los niños tienen ambos quince años. Se encuentran ciertamente a una edad en que se operan continuos cambios tanto físicos como psíquicos en ellos. La niña desde hace un tiempo vive reconcentrada en sí misma, olvidando que en el mundo aparte de ella existen otros seres humanos con necesidades de relación y sentimientos. Los niños, por su parte, se han sublevado contra toda autoridad que les imponga normas y obligaciones. Además, por si esto fuera poco, ambos sufren un terrible sentimiento de envidia (se envidian mutuamente). Con todo, no está siendo fácil para mí afrontar esta nueva situación. Por un lado, tengo a la niña totalmente aislada del mundo exterior y, por el otro, a los niños sumidos en una incesante rebeldía. A veces me siento desesperada…

Me figuro que la culpa la tenemos nosotros (mi marido y yo) por no ser suficientemente competentes en el arte de educar. Cuando tuve a los niños no creí que su educación me iba a causar tantos problemas; en realidad concebí ignorado este punto. Yo simplemente quería tener una vida normal, gozar de una cierta seguridad y llenar mi vida con proyectos de futuro junto a mi marido. A la edad de veinticinco años, mi marido y yo, estábamos ganando suficiente dinero como para costear sin problemas los requerimientos de nuestros hijos. A la sazón, creía, erróneamente (ahora lo veo claro), que lo único que necesitaba para tirar a delante era dinero. ¡Cuán equivocada estaba! El dinero me ha permitido ciertamente pagar buenos colegios, comprarles multitud de juguetes y apuntarlos a diferentes actividades extraescolares. Sin embargo, el dinero me ha hecho esclava del trabajo y el trabajo me ha quitado un tiempo que bien pudiera haberlo dedicado a su educación. Además, ignoro la clase de educación que imparten en la actualidad las instituciones del estado pero, me figuro que, en vista de los valores éticos que poseen mis vástagos, no es la más adecuada…

El dinero me ha permitido ciertamente pagar buenos colegios, comprarles multitud de juguetes y apuntarlos a diferentes actividades extraescolares. Sin embargo, el dinero me ha hecho esclava del trabajo y el trabajo me ha quitado un tiempo que bien pudiera haberlo dedicado a su educación.

Todo ello me conduce a formular una serie de preguntas con relación a este tema, o mejor, a prescribir una serie de respuestas. Primero de todo quiero apuntar que yo también he sido niña, de modo que sé lo que sienten los niños cuando carecen de referentes en la vida. El mundo de hoy necesita menos economistas y más sabios que, en lugar de instruir una ciencia, acompañen a los jóvenes en su educación, una educación que les permita hallar el camino de la Virtud. Los jóvenes necesitan (ahora más que nunca) los consejos y la sabiduría de personajes conspicuos. Si dejamos a un niño navegar, solo, por el inmenso océano lo más probable es que se pierda; por ende, dejar la educación de nuestros hijos en manos de instituciones que forman parte de un mundo corrompido por el dinero es dejarlos navegar absolutamente solos.

Quisiera plantear, mi querido diario, una última cuestión: ¿qué clase de lugar es un mundo donde los gobernantes apelan a figuras mediáticas del espectáculo y del deporte en sus discursos en lugar de recurrir a personas eminentes de nuestro tiempo o de tiempos pretéritos? ¿En qué nivel de degradación se encuentra un mundo cuya juventud desea imitar con adoración a este tipo de personas en lugar de querer emular a personas de espíritu más elevado?

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