El viajero errante

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En algún lugar, hace ya muchos años, dos hombres se encontraron en el bosque; uno errando por una y otra parte sin rumbo ni destino y el otro dirigiéndose hacia algún lugar en concreto.

-Buenos días –le dijo el viajero al errante-. ¡Qué día más hermoso! ¿Hacia dónde os dirigís?

-Pues la verdad es que no voy a ninguna parte; ando distrayéndome con lo que voy encontrando en mi camino. Y vos, ¿hacia dónde os dirigís?

-Yo pretendo hacer la vuelta al mundo cinco veces, de modo que no puedo perder más tiempo con vos, ya que si lo hago no lo conseguiré.

-¿Cinco vueltas al mundo? –se sobresaltó el errante-. ¿Y por qué no te contentas con hacer tan sólo una? Lo que pretendes es una empresa imposible.

-Sencillamente porque hacer una vuelta es algo factible…

-¿Y no es eso lo que pretendes mi buen señor?

-Ciertamente lo pretendo, pero en modo alguno lo deseo.

-Me cuesta imaginar que alguien pueda aspirar a algo sabiendo de antemano que no lo logrará.

-Esa es la gracia. Si me propusiera hacer tan sólo una vuelta y, efectivamente, lo consiguiera, ¿qué haría después? Mi vida, desde entonces, carecería de finalidad y esto me arrastraría hacia el abismo de la lacerante ociosidad. En cambio, con metas irrealizables la vida siempre poseerá para mí un sentido; un sentido que perseguiré hasta el día en que muera. Ahora si me lo permites continuaré mi viaje. Ya he malgastado una buena porción de mi tiempo. Y no hay nada que me inquiete más que desviarme de mis ocupaciones.

-Discúlpeme por hacerle perder su valioso tiempo. Pero permítame enseñarle una cosa más. –Se estiró al suelo dirigiendo la vista hacia un hormiguero colmado de hormigas que se afanaban en trasportar migajas de comida desde la fuente de alimento hacia el hormiguero-. Mire, observe este espectáculo…

-Lo siento buen hombre pero no puedo permanecer por más tiempo contemplando nimiedades con vos. Adiós. –Se alejó con paso rápido.

El errabundo dirigió una mirada fugaz en dirección donde se dirigía el viajero y luego continuó contemplando las hormigas. Observó que sus vidas eran horriblemente mecánicas: de la fuente de alimento al hormiguero en línea recta. Sin posibilidad de desviarse y contemplar más allá. Ellas, como el hombre, tienen, en efecto, una meta, un objetivo que cumplir. Sin embargo, se preguntó si esa meta les impediría disfrutar de la vida en su totalidad.

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