El río que nos lleva

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Un aspecto que nos caracteriza a los seres humanos como propiamente humanos y que nos distancia del resto de los animales es el hecho de poseer autoconciencia. Gracias a ella, o mejor dicho, por culpa de ella conocemos con certeza nuestro inexorable destino. El hombre tiene conocimiento de la brevedad de su vida; una vida cuyo camino, sabe, cuenta con un principio y un final. El animal, en cambio, no posee esta certeza: vive el presente sin pensar nunca en el futuro.

Semejante capacidad de previsión lo conduce a plantear una serie de objetivos cuya consecución anhelará fervorosamente realizar antes de morir para resarcir su limitada condición de hombre. Esto ocurre a consecuencia de la brevedad de su vida. Temiendo desaparecer de este mundo sin haber dejado huella, el ser humano vive queriendo acometer hazañas memorables para darle un significado a su existencia y, al mismo tiempo, consagrarse para ser reconocido y recordado por sus coetáneos en el presente y en la posteridad. Por tanto, se sentirá realizado toda vez que consiga cumplir semejantes objetivos. Una persona que carece de metas, o no alcance a materializar las que se propone, probablemente se sentirá tremendamente insatisfecha y vacía; su vida carecerá de sentido y su persona será olvidada por los demás nada más perecer.

¿Quiere decir esto que todos aquellos que no persiguen un propósito están perdidos? En cierta manera sí. Me explico: todo aquel que no vive la vida según sus propios ideales, bien por no poseerlos, bien por no ser suyos, vive una vida falsa, esto es, vive la vida de otro, no la suya propia. Cada vez son más las personas que se dejan arrastrar en tropel por la impetuosa corriente del río que los conduce, sin distinción, a desembocar en el mismo mar. Son pocos los que se detienen a pensar si realmente quieren ser arrastrados. Y son menos aún quienes deciden salirse del agua, vadear el río, y continuar el trayecto por caminos menos transcurridos.

Ahora bien, quien consiga desprenderse de la muchedumbre prefiriendo gozar de su autonomía en lugar de dejarse arrastrar por la corriente que lo empuja, aún correrá el riesgo de extraviarse por el bosque. Si lo hace, no debe andar errante dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino que ha de seguir andando hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección, aunque piense que no es el camino correcto. Y aunque no acabe por llegar al lugar donde quería ir, al menos acabara por llegar a alguna parte, en donde es de suponer que se estará mejor que no en medio del bosque… perdido.

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