Diario de un adolescente

Alastair-Magnaldo_1600_625Querido diario:

Te tengo abandonado, lo sé; llevo varios días sin anotar nada en tus paginas. En parte porque no ha ocurrido nada interesante en mi vida -¿qué extraño verdad?- que fuera de tu interés, y también -por qué no decirlo- por pereza. Pero no te angusties por mi ausencia, que ya estoy de vuelta, y todo parece indicar que volveremos a estar juntos otra vez por mucho tiempo. Los problemas vuelven a mi vida; y esta vez regresan impetuosos.

Estoy atravesando aquella etapa comúnmente conocida como “la edad del pavo”. Una etapa que, según los psicólogos, es bastante problemática para el adolescente que la padece así como para los que viven cerca de él, es decir, para mis padres. No te mentiré a ti, mi querido diario, que lo sabes todo de mí: mi vida es un caos. He tenido, tengo y supongo que tendré muchos problemas de índole psíquicos en un futuro. Como bien sabes, padezco un trastorno de la personalidad: epíteto que eufemísticamente mi psicólogo me ha atribuido, y que mis compañeros de colegio eluden deliberadamente reprochándome directamente mi singularidad con palabras soeces. Pero sinceramente creo -sólo tú lo sabes- que los que tienen serios problemas son ellos, no yo.

Mis padres dicen que me aman; por eso, según ellos, hacen lo que hacen. Todo lo hacen pensando en mí. Si no me quisieran, argumentan, no se preocuparían de mí y dejarían que hiciera lo que quiera. Pero, ¿acaso yo les he pedido la excesiva atención que me dedican? Y, en primer lugar, ¿qué significa amar? ¿Quién ama a quién? Ellos dan por supuesto que me aman. Pero yo cuestiono seriamente esta aseveración…

¿Qué significa amar? ¿Amar es querer que los hijos sean como los padres? ¿Amar es querer que los hijos sigan el mismo camino y desempeñen el mismo oficio que los padres? ¿Amar es querer que el hijo sea empresario, policía o abogado como el padre o la madre? ¿Amar es todo esto? ¿O amar es más bien tener interés de que los hijos crezcan, según sus pensamientos, en la felicidad, permitiendo que hagan lo que realmente quieren hacer con responsabilidad? No podemos ayudar más a nuestros hijos –argüirán los padres-, los enviamos a la escuela y esto es todo cuanto podemos hacer.

Lo único que mis padres desean es que me case, que me establezca -como ellos han hecho- en la mediocridad, con falta de integridad, diciendo una cosa y haciendo otra, yendo al centro comercial a comprar los fines de semana y siendo un excelente empresario. Pero no llegan a comprender que entre lo que predican y sus actos se halla una tremenda  contradicción: primero dicen que me aman, y luego me obligan -implícita o explícitamente- a hacer aquello que ellos desean que haga. Esto no es amar.

No hago otra cosa que reprimir constantemente mis impulsos por miedo al rechazo, especialmente por temor al repudio de mis padres.  La abnegación constituye el leitmotiv de mi vida, pues de ordinario paso de hacer todo aquello cuanto quiero hacer, para hacer aquello que se exige de mí que haga. Después viene el “come cocos” de turno y me diagnostica un trastorno de la personalidad. Y entonces empiezo el tratamiento. Pero, con qué fin, me pregunto. Para seguir qué patrón. Y más tarde lo descubro: ¡Para llegar a ser como mis padres!

Mi querido diario, ahora mismo te estarás preguntando por qué me escandalizo de esta manera, ante la idea de parecerme a ellos. Te contestaré sucintamente: porque no son felices. Y por ello no quiero parecerme a ellos. Sin embargo, sin ni siquiera saberlo -porque no lo hacen de mala fe-, me están arrastrando hacia la infelicidad; me conducen a adoptar el tipo de vida que a ellos mismos les hace infelices. Lo mejor que pueden hacer unos padres por sus hijos es no intentar controlar ni su conducta ni sus pensamientos y fomentar que sean quienes están destinados a ser.

Lo mejor que pueden hacer unos padres por sus hijos es no intentar controlar ni su conducta ni sus pensamientos y fomentar que sean quienes están destinados a ser.

Te he repetido en varias ocasiones que, detrás de una máscara de irradiante felicidad, se esconden personas harto infelices, desesperadas y desubicadas. Es cierto que a primera vista puede parecer que son felices con la vida que llevan: yendo de aquí para allá desenfrenadas, con sus teléfonos móviles, contándose chismorreos, jugando a las videoconsolas, publicando con incesante frenesí fotos en la red intentando hallar la aprobación ajena, paseando por los descomunales centros comerciales; comprando ropa y televisores; consumiendo helados y hamburguesas; acudiendo a fiestas; adquiriendo el último modelo de móvil y flamantes coches deportivos; creen que son felices con sus físicos envidiables, y sus currículos impecables, y sus ahorros, y sus casas con jardín y piscina; con dos carreras, un máster y con el dominio de cuatro idiomas; con una familia perfecta y una pareja aún más perfecta; con tiempo libre y con miles de amigos. Puede parecer que habiendo leído miles de libros, visto miles de películas y viajado por medio mundo estas personas poseen una vida rica y feliz. Pero en el fondo sus vidas están tremendamente vacías por dentro. Aparentemente lo tienen todo, pero realmente no tienen nada. Y esto, ¡tan solo esto!, es lo que observo cuando oteo desde la orilla nuestro mundo anegado de placeres.

Aparentemente lo tienen todo, pero realmente no tienen nada.

El placer no da la felicidad. Metámonoslo en nuestras cabezas. EL PLACER NO DA LA FELICIDAD. Y la educación que estoy recibiendo por parte de mis padres y, por extensión, de la sociedad en general, piensa únicamente en el hedonismo como meta. Esta educación tiene como fin último el placer, no la felicidad de los seres humanos. Porque se piensa, equivocadamente, que adquiriendo placer, el hombre consigue el máximo grado de felicidad. Esto no es así. Sólo me hace falta poner como ejemplo a mi propio padre, que lleva persiguiendo dinero y estabilidad desde que hace uso de razón. La consecución de estos anhelos no ha aumentado su grado de felicidad. Antes al contrario, lo han hecho si cabe más infeliz. Por desgracia, lo que veo ahora es un triste despojo humano arrastrándose por el mundo con un “rolex” de oro y una casa a primera línea de mar, tremendamente infeliz, que se dedica a gozar a todas horas de sus anhelados placeres para olvidarse de su desgraciada existencia. Paradójicamente, ese es el camino que quieren mis padres para mí…

El placer no da la felicidad.

De modo que me encuentro en un punto de inflexión dentro de mi existencia, en un momento delicado en el cual no sé realmente qué hacer. Lo único que sé con certeza es que, escoja lo que escoja, la elección será determinante en mi vida. Puedo resignarme y seguir el camino que mis padres me han ido dibujando o bien desviarme y trazar, solo, mi propio camino. ¿Tú, mi querido diario, qué harías?

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