Nada es para siempre (relato)

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María Campoestrella avanzaba con paso rápido; la casa estaba hecha un asco. Alberto y Juan, los responsables del desorden, andaban peleándose de un lado para otro dejándolo todo perdido. En otro tiempo este alboroto la hubiera exasperado; otrora hubiera prorrumpido en gritos. Ahora, sin embargo, a sus cuarenta y nueve años de edad y a cargo de dos hijos y un marido al que apenas quería, María, juzgaba que la vida era demasiado corta como para amargarse por nimiedades. Además, como psicóloga reputada, estaba convencida de la inutilidad de los chillidos y las reiteradas reprimendas.

La mujer consideraba inútil, incluso contraproducente, encolerizarse con sus hijos. No había conseguido nunca nada cabreándose con ellos, pues un niño no modifica nunca su conducta a menos que le salga de dentro. “De nada sirve -afirmó en una ocasión- aplicar cualquier castigo cuando el niño no comprende por qué se le castiga. Contrariamente a lo que se cree, las regañinas que recibe un niño de forma incesante no le ayudan en modo alguno a encauzar su conducta, sino más bien alimentan su rebeldía. El efecto que causa el castigo sobre los jóvenes es contrario al que se busca: ellos lo utilizan para justificar su comportamiento descarriado. De este modo, poco a poco, se van apartando del camino razonable”. Por este motivo, consideraba el castigo un procedimiento ineficaz a la hora de intentar corregir comportamientos.

María Campoestrella era partidaria -y su experiencia la avalaba-, de aplicar, para obtener mejores resultados, lo que en el campo de la psicología se denomina “psicología inversa”: en lugar de enfadarse inútilmente resignándose a recoger a regañadientes lo que los niños iban ensuciando, ella optaba por actuar como ellos, esto es, por actuar descuidadamente. Con un poco de suerte, la nueva conducta adoptada conseguía en sus hijos el efecto deseado: los niños, al advertir el extraño cinismo de su madre,  resolvían finalmente ser más ordenados. El truco reside en no darle demasiada importancia al asunto, porque la naturaleza del niño lo empuja a ser libre, lo impele a hacer todo aquello a lo que no se siente obligado.

Campoestrella, como se ha dicho, juzgaba la vida demasiado corta como para malgastarla sintiéndose constantemente desesperada, obsesionada por los comportamientos ajenos. En realidad las personas, en su opinión, se enfadan con sus semejantes porque se exigen demasiado entre ellas, reivindican con desmesurada insistencia la perfección. ¿Por qué sino nos exasperamos con nuestros hijos cuando descuidan sus quehaceres o  con nuestro amigo intimo cuando llega tarde a la cita concertada? ¡Por qué buscamos desesperadamente en ellos la perfección, y les exigimos cosas que por su naturaleza no están preparados para realizar! No le pidas a la hormiga leche, ni a la vaca organización. No deberíamos ser tan exigentes con nosotros mismos ni con los demás, porque nadie puede alcanzar la perfección. Perdonémosle al amigo impuntual su descuido. La vida es demasiado breve para estar perdiendo el tiempo lamentándonos de la irresponsabilidad de nuestros compañeros. Además, si seguimos quedando con él es porque sabemos que nos aporta otras cosas que valoramos más que la puntualidad. Dejemos entonces de amargarnos por pequeñeces. Nadie es perfecto, y en su imperfección el hombre se hace. La excelencia no existe, es una quimera. Si nos obstinamos en hallarla en nosotros o en otros acabaremos frustrados y neuróticos perdidos. De modo que exige a los otros solamente aquello que sepas con certeza que pueden ofrecerte. No le pidas al impuntual puntualidad.

El teléfono empezó a zumbar.

-¿Si?

-Buenos días, ¿es usted María Campoestrella?

-Yo misma.

-Disculpe las molestias pero no hemos podido contactar con ninguno de sus familiares… En su cartera llevaba una foto suya con su nombre, así que hemos creído conveniente comunicárselo a usted.

-¿De qué me está usted hablando? ¿Qué ocurre?

-¿Conocía usted a Enrique Salgado Pérez?

La asaltó una sucesión de imágenes pretéritas en las que aparecía su viejo amigo. Se estremeció.

-Sí, lo conozco. ¿Qué ocurre?

-Mire… Ha fallecido esta mañana. Hemos hallado su cuerpo colgando de una soga en su habitación. Hacía días que no se lo veía por ninguna parte. Han sido los vecinos quienes han contactado con nosotros.

El teléfono inalámbrico que sostenía se le escurrió de entre las manos y cayó al suelo. Después fue ella quien se desplomó abatida; estaba lívida.

-¿Qué ocurre mamá? -apareció su hijo Juan en el salón.

-Nada, hijo -dijo intentando contener las lágrimas que empezaban a agolparse en sus ojos-. Ven, vamos a hacer los deberes.

Madre e hijo se dirigieron juntos hacia la habitación de los niños. Allí, haciendo los deberes, se encontraba Alberto, su otro hijo, más diligente que Juan, pero no tan inteligente.

-Vamos, haz el favor y ponte a estudiar con tu hermano. -Sabía que no debía obligarlos en su instrucción, de hecho nunca lo hacía, pero esta vez era necesario-. Quiero que estudies por lo menos una hora. Vendré a ver lo que has hecho más tarde.

Juan se sentó a regañadientes y simuló que leía. A María le sirvió. Así al menos los tendría controlados un buen rato, pensó. Cerró la puerta de la habitación y se dirigió con presteza hacia la suya. Se sentó en la cama y abrió el cajón de la mesita de noche. Sacó una carpeta amarilla que contenía la inscripción siguiente: “Enrique Salgado Pérez”. Dentro había miles de hojas blancas adornadas con palabras que nunca habían sido leídas por nadie. Había recibido cartas de aquel hombre religiosamente cada semana, desde el momento en que despareció de su vida. María no se había dignado a leer ninguna de aquellas hojas por temor a recordarlo. Las había ido guardando en aquella carpeta. Cogió la última carta que había recibido y empezó a leer:

Querida María,

Recordarás -¡yo lo recuerdo muy bien!- que hubo un día en que te dije: “Nada es para siempre. Todo fluye, todo cambia, todo nace y muere, nada permanece, todo se diluye; lo que tiene principio tiene fin, lo nacido muere y lo compuesto se descompone. Todo es transitorio, insustancial y, por tanto, insatisfactorio. No hay nada fijo de qué aferrarse…” Pues bien, ahora, casi tres décadas después, te ruego que replantees esas palabras como he hecho yo. A la víspera de mi muerte todo se presenta mucho más claro que cuando era joven y vivía rodeado de gente. En este último tramo de mi vida he tenido mucho tiempo libre para pensar. Nuevas perspectivas se han abierto ante mí proporcionándome nuevos puntos de apoyo donde aferrarme. Esta vez parecen más sólidos que los anteriores… 

Cuando era joven e impulsivo pensaba ingenuamente que la vida -y todo lo que se encontraba dentro de ella- era algo pasajero, algo fugaz. Algo que tenía un principio y un final. Ese pensamiento arraigó en mí produciendo hondas raíces. Fue difícil arrancarlas todas por completo, pero, como ya sabes, siempre he tenido un don en el arte de “arrancar”. Si algo he aprendido de la vida es que quien corre por ella, corre hacia la muerte. Los vendavales llegan y pasan, las olas rompen, el pez grande se come al pequeño… y yo sigo remando.

Es curioso porque mientras estamos de paso por esta vida hacemos cosas memorables, sin embargo la gran mayoría de estos sucesos acaban en el cubo de la basura. Paradójicamente los acontecimientos que normalmente recordamos son los más insignificantes, los más triviales. En este preciso instante me viene a la cabeza un episodio de lo más corriente: me veo viajando en tren de regreso a casa después de un extenuante día de trabajo. Recuerdo que aquel día estuve todo el trayecto mirando por la ventana. El paisaje pasaba ante mí como una exhalación; todo transcurría a tal velocidad que no fui capaz de registrar con mis ojos el panorama. Cuando divisaba un árbol digno de ser observado por largo tiempo, desaparecía de mi campo de visión segundos después. Todo fluía aceleradamente. En aquel tiempo llegué a pensar que nada era para siempre, que todo aparece y, tiempo después, desaparece. Aunque yo hubiera bajado del tren y me hubiera quedado a observar por largo tiempo aquel árbol, tarde o temprano, este habría de desparecer. Semejantes pensamientos me angustiaban sobremanera.  

Transcribo este pasaje de mi vida por una sencilla razón: porque tú, como ese árbol, apareciste en mi vida, para luego desparecer; fuiste algo tan fugaz como la vida misma. Apareciste y poco tiempo después desapareciste. Esto me confirmó que todo lo que nace tiene que morir; lo que aparece tiende a desparecer; y lo que llega, tarde o temprano, termina por alejarse. Pero me equivoqué. Metí la pata hasta el fondo, porque tú, María, tú nunca llegaste a desparecer de mi vida. Jamás lo hiciste. Desde que te conocí no ha habido un solo día que no te haya llevado en mis pensamientos. Aún hoy, después de casi treinta años, sigo recordándote… Y en mis recuerdos te quedarás eternamente. No te quepa la menor duda.

Sin embargo, mi filosofía no era del todo equivocada: tenía razón cuando decía que nada era para siempre. Pero… me faltó añadir algo esencial: desparece todo lo físico, lo material, lo tangible. Lo inmaterial, lo intangible, lo espiritual no desaparece jamás. El recuerdo que tengo de ti no va a desparecer nunca. Ni aún después de muerto desaparecerá, pues estas líneas pretenden transmitir mis recuerdos y hacerlos arraigar en ti, convirtiéndolos, de este modo, en imperecederos.

María dejó de leer; cada vez se le hacía más difícil seguir leyendo con los ojos embarrados de lágrimas. Las lágrimas caían a borbotones por su rostro sin poder contenerlas, era una explosión de emociones al unísono, un verdadero choque entre el pasado perdido y el futuro incierto, entre el pasado que anhelaba recuperar y el futuro que temía descubrir. La carta contenía aún una página más, mas no quiso continuar leyendo. Eran demasiados los recuerdos que se arracimaban en su cabeza, demasiados los errores que había cometido y que ahora estaba pagando con creces bajo esta soledad insoportable, junto a un hombre al que apenas quería, ligada al tipo de vida que siempre había censurado. Al menos le quedaban sus hijos que eran lo único por lo que, suponía, valía la pena seguir viviendo.

Volvió a guardar la carta dentro de la carpeta amarilla. Abrió el cajón y la introdujo dentro. En el fondo de este se distinguía lo que parecía ser la cubierta de un libro. La mujer asió con las dos manos el volumen y se maravilló al contemplar su cubierta. Entre las páginas, a modo de punto de libro, había una fotografía de ellos dos. De súbito, rompió a llorar con una fuerza inusitada, terrible, que hubiera horrorizado hasta al mismísimo demonio.

-Tú fuiste fiel a tu palabra -profirió María entre sollozos- y seguiste siendo un lobo solitario de la estepa. En cambio yo… yo seguí al resto de la manada y formé una familia. “Sabes María -le confesó Enrique en una ocasión- somos diferentes al resto de personas, pero no diferentes en el sentido de “únicos” como nos hacen creer las películas románticas, diferentes de verdad. Somos dos lobos de la estepa, dos lobos esteparios”. ¡Sí, cuánta razón tenías! Fuimos dos lobos esteparios, dos genios del sufrimiento, que creían que la mayor parte de los hombres querían empezar a nadar antes de aprender a hacerlo, dos lobos que lo que más odiaban era todo lo mediocre, normal y corriente. Quien no encaja en el mundo, escribió Herman Hesse, está siempre cerca de encontrarse a sí mismo. Nosotros nunca llegamos a cuajar en este mundo, pero sí encajamos el uno con el otro. Fuimos dos almas inquietas y errabundas en busca de nuestro lugar. ¿Acaso nuestro destino ha sido este, no encontrarlo jamás? Aún hoy siento que no he descubierto el lugar que me corresponde, quizás ahora tu sí…

María Campoestrella estuvo el resto del día tumbada en la cama, recordando, triste, aquel hombre que había pasado rozando por su vida. Y no sólo lo recordó en la distancia, sino que hizo un esfuerzo por imaginárselo allí, junto a ella, intentado consolarla como lo hiciera en otro tiempo. Estaba segura que le habría dicho lo siguiente:

Estás triste porque piensas que la muerte es algo malo. Hay personas que viven constantemente afligidas porque consideran como algo insoportable determinadas circunstancias que les sobrevienen. En realidad lo que les atormenta no es el suceso en sí, sino el pensamiento que tienen sobre ese suceso. Déjame recordarte que el sabio Epicteto decía que no nos afecta lo que nos sucede sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede. Es decir, la perdida de alguien no es algo malo per se, en sí mismo, sino que somos nosotros quienes lo calificamos como algo penoso. En lugar de decirnos mentalmente “no lo podré soportar o esto es intolerable para mí” deberíamos decirnos “esto es algo que tenía que ocurrir, espero que sea mejor así. Continuaré recordándolo siempre que pueda y disfrutaré de su recuerdo. Aún puedo ser feliz pese que he perdido a alguien muy querido”.

Y con su recuerdo María se levantó de la cama, salió de su habitación y se dirigió hacia el cuarto en el que sus hijos se hallaban estudiando. Abrió la puerta y se los encontró jugando en la cama. No pudo reprimir una sonrisa. Y, sin embargo, se dijo para sus adentros, pese a todo, pese a todas las contingencias que me reserva la vida, aún puedo ser feliz.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Me atraen los relatos breves, como los cuentos de Borges, que consiguen ‘atraparte’ en la atmósfera que construyen sus autores, y éste me ha encantado. Enhorabuena.

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    1. Muchas gracias Jesus. Me complace enormemente que le haya gustado el relato. Un saludo.

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