¿Admirar o envidiar?

frase-la-envidia-en-los-hombres-muestra-cuan-desdichados-se-sienten-y-su-constante-atencion-a-lo-que-arthur-schopenhauer-177184

Sentado tranquilamente en una de las mesas de la bulliciosa biblioteca, Paul, estudiaba, aburrido, alguna soporífera lección, que alguien, algún académico alelado, consideraba útil que supiera un estudiante. Llevaba más de nueve horas encerrado en aquella cárcel. Su cerebro ya no daba más de sí; cualquier nuevo saber se le resistía. Pero los exámenes estaban a la vuelta de la esquina, y la presión era demasiado grande como para renunciar. Esto no puede ser bueno, pensó.

Una vez hubo terminado la lección, apartó, por fin, la vista del papel y se fijó en que se acercaba Frank. Se detuvo delante de él.

-Ah, estás aquí –dijo en voz baja para no molestar a los otros estudiantes-. Llevo buscándote un buen rato. Escucha, quiero hablar contigo…

-Tú dirás –contestó lacónicamente.

-Estoy muy preocupado… porque no sé si soy el único al que le ocurre esto… Quería hablarlo con alguien.

-Pero, ¿qué te ocurre?

-Últimamente me siento mal conmigo mismo, pues no paran de asaltarme a la cabeza pensamientos impúdicos. Me invade continuamente un insoportable sentimiento de envidia que dirijo hacia todo el mundo, pero especialmente hacia un amigo al que le van muy bien las cosas. Parece que lo tiene todo: belleza, dinero, reconocimiento, poder, etcétera. Y esto yo no lo puedo soportar; me sobrepasa. Estoy todo el día comparándome con él, y lo único que consigo es verme cada vez más insignificante.

Paul le respondió que, constantemente, fuera a donde fuera, la vida le hacía tropezar con personas más bellas, felices, poderosas e inteligentes que él, y eso, ciertamente, atizaba su sentimiento de envidia. Pero, ¿qué podía hacer él? La vida era así… Tan sólo podía resignarse.

Por la noche, una vez hubo cenado, Paul se hallaba en la cama, nervioso por el examen que tenía al día siguiente. Antes de acostarse estuvo, como de costumbre, acabando de repasar el temario. Qué aburrido es esto, pensó. Le parecía más interesante pensar en otras cosas, disiparse un poco. Envidia, envidia, recordó. La envidia nos corroe. ¿Pero acaso no es algo inherente a nuestra naturaleza y que, hasta cierto punto, puede llegar a ser beneficiosa? Primero de todo, ¿qué es la envidia? ¿Y por qué sentimos envida? ¿Nuestros ancestros sentían envidia? ¿Sentimos, por lo general, más envidia hoy en día que en otros tiempos?     

Después de reflexionar detenidamente, llegó a la conclusión de que hoy en día se sufre mucho más de envidia que en tiempos pasados. Un mundo global, interconectado, desde donde nuestro móvil o nuestras tabletas podemos seguir y examinar la vida de millones de personas, de políticos, de actores, de futbolistas, de cantantes, y muchas otras figuras de prestigio social, es un mundo que incita a la envidia. ¿Cómo resistirse a la tentación de parecernos a los modelos que salen por televisión o que vemos por internet cuando, constantemente, estamos siendo bombardeados por esas divinidades? En otro tiempo, los antiguos griegos, idolatraban a sus dioses y se esforzaban por emularlos; hoy en día, nuestros dioses son las figuras mediáticas y nos esforzamos a toda costa por parecernos.

Una persona puede recorrer, día tras día, el mismo camino de piedras y apenas reparar en ninguna de ellas. Baste con que alguien, algún vez, decida apropiarse de alguna de esas piedras para que se fije en ella cuando nunca antes lo había hecho. ¿Por qué nunca antes había tenido intención de cogerla y ahora que otro la ha tomado para sí la quiere? ¡Por envidia! El ser humano no soporta que su semejante posea lo que a él se le priva. El sabio, en estos casos, lo que hará en lugar de obsesionarse con esa piedra será girarse y mirar a su alrededor: verá que hay muchísimas otras piedras más.

El ser humano no soporta que su semejante posea lo que a él se le priva.

Frank estaba preocupado porque aquel sentimiento de envidia que lo arrastraba a odiar a sus congéneres. Incluso algunas veces había llegado a desear con verdadera insistencia la desgracia ajena. Este sentimiento lo angustiaban mucho. Yo también siento envidia, hasta cierto punto es normal, pero porqué no me afecta tanto como a él, se preguntó Paul. Y entonces creyó saber la respuesta…

Al día siguiente, una vez hubo hecho el examen, se encontró a Frank por la facultad y le soltó de sopetón lo siguiente:

-Es muy frustrante para mí, que mi deseo es ser escritor, leer un buen libro de literatura, porque veo tan lejano e imposible conseguir igualar el estilo de los grandes escritores, que esa imposibilidad se torna inevitablemente en envidia. Envidio la facilidad de pluma que tienen los grandes escritores. ¿Pero sabes qué? Ayer, meditando, comprendí que esta envidia puede llegar a ser positiva si la convierto en admiración. A partir de ahora intentaré no envidiar tanto y admirar más. Creo sinceramente que esta admiración, profesada diligentemente, me permitirá mejorar día a día. Y no hay nada más importante en esta vida que crecer. Intenta hacer tú lo mismo: deja de envidiar y empieza a admirar a tu amigo.

Paul se fue y lo dejó pensando.

No hay nada más importante en esta vida que crecer.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. mike dice:

    Buenisimas reflexiones.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias Mike. Y gracias también por seguir el blog. Un saludo.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s