El sentido de la vida

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¿Qué sentido tiene la vida? ¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos? Son preguntas que se ha hecho el ser humano desde el inicio de los tiempos.  Es una peculiaridad exclusiva nuestra el hecho que lleguemos a formular este tipo de preguntas. Esto ocurre porque poseemos autoconciencia, es decir, conocimiento acerca de uno mismo. Lo seres humanos hemos sido arrojados a la vida sin la posibilidad de escoger el mundo en que queremos vivir. Sin embargo dentro de esta tenemos un cierto margen de posibilidades para actuar y definir nuestro futuro. Los animales han sido arrojados a esta del mismo modo pero, a diferencia de nosotros, ellos no poseen capacidades suficientes para modificar el medio en que se encuentran. Sea como sea, ambos hemos sido lanzados al mundo sin pretenderlo ni quererlo.

Nacer no se nos da como una elección que podemos tomar a conciencia; nacer, a diferencia de vivir (ya que aquí detentamos la potestad para decidir si queremos seguir viviendo o no), simplemente se nos impone. Hasta el momento, no he conocido a nadie que haya pasado una serie de cuestionarios antes de su nacimiento donde se le pregunte si realmente “él desearía formar parte de este mundo”. No. Al hombre se le lanza desnudo y desamparado sobre este mundo sin consultársele… y en él intenta vivir.

Al hombre se le lanza desnudo y desamparado sobre este mundo sin consultársele… y en él intenta vivir.

¿Por qué digo intenta vivir? Porque somos la única especie dentro del reino animal que nace sin saber vivir. Un animal nace y se sirve de sus instintos para vivir; está de algún modo “programado”, y, por tanto, “sabe” cómo vivir. Nosotros, en cambio, nacemos débiles, desamparados y dependientes. Necesitamos un largo aprendizaje para hacernos verdaderamente autónomos. Y uno de los atributos que nos diferencia del animal es que nosotros debemos encontrarle el sentido a la vida. Por tanto, el verdadero objetivo del hombre es encontrar un objetivo, una meta, un camino.   

El verdadero objetivo del hombre es encontrar un objetivo, una meta, un camino.

A veces me pregunto si realmente he sido un afortunado por “aparecer” en esta época y poder disfrutar de todas las maravillas creadas por la ciencia y la tecnología, o más bien soy más desgraciado por ello. Lo que está claro es que con cada nueva invención, el hombre, paulatinamente, va quedando relegado a un segundo plano. Actualmente somos capaces de recorrer distancias larguísimas en un lapso de tiempo que los antiguos se habrían escandalizado. Pero, ¿qué hacemos con el tiempo que nos sobra?

Hay que darle un sentido a la vida, escribió Henry Miller, por el hecho mismo de que carece de sentido. La vida per se no tiene ningún sentido. El sentido lo tenemos que hallar nosotros marcándonos un objetivo. Nuestra época es conocida por la gran cantidad de enfermedades mentales, desesperanza y angustia que padecen las personas. Pero, ¿por qué está ocurriendo esto? A mi juicio, el desencanto por la vida apareció de forma generalizada desde el momento en que la sociedad instauró un sistema que desde entonces sólo ha buscado el engrandecimiento y el progreso de lo económico en detrimento de lo verdaderamente humano: las personas.

El desencanto por la vida apareció de forma generalizada desde el momento en que la sociedad instauró un sistema que desde entonces sólo ha buscado el engrandecimiento y el progreso de lo económico en detrimento de lo verdaderamente humano: las personas.

Tengo especial sensibilidad por todas aquellas personas que se sienten perdidas en este mundo; aquellas que ignoran qué deben hacer, a dónde deben dirigirse, que se limitan a seguir el curso de la vida sin preguntarse si realmente es allí donde quieren estar; por todas aquellas que sufren en su vida un vacío existencial, un vacio que no logran colmar con nada que les satisfaga. Una madre, por ejemplo, que dedica cuerpo y alma a criar a sus hijos, consagrando toda su vida a ellos, se encontrará sola una vez estos se hayan hecho mayores e independientes. La madre en realidad intentará a toda costa evitar que esto ocurra, pues su vida perdería todo el sentido. Por eso muchas madres se dejan arrastrar por la estupidez de las cosas que frivolizan la vida como la “telebasura” una vez sus hijos echan a volar y se alejan del nido que los ha cobijado. El aumento de audiencia de estos programas es directamente proporcional al sentimiento de vacío que sufren las personas.

Decía Erich Fromm que el hombre ha sido transformado en «un Homo consumens, el consumidor total, cuya única finalidad es tener más y usar más. Esta sociedad produce muchas cosas inútiles y, en igual proporción, mucha gente inútil». Un hombre inútil, por tanto, no puede ser feliz, porque se limita únicamente a consumir sin hacer nada productivo. El hombre no sólo vive de pan; además de cubrir sus necesidades más básicas también necesitar imaginar, crear, amar, etcétera. El animal copula y se reproduce; el hombre ama. El animal come; el hombre disfruta comiendo. Ambos, a la postre, viven, pero sólo el hombre puede disfrutar de la vida; está en nuestras manos hacerlo o no.

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