Meditaciones

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Primero se nace; más tarde se muere. Entretanto se intenta vivir. El periodo que media entre el nacimiento y la defunción se denomina vida: camino corto y sin retorno donde los seres humanos se esfuerzan en aprovechar al máximo. Debe considerarse este breve lapso de tiempo como un regalo que la naturaleza nos concede. Está en nuestras manos aprovechar el tiempo y vivir o desaprovecharlo y malvivir. ¿Qué entiendo yo por aprovechar el tiempo? Una persona aprovecha el tiempo cuando pone todos sus esfuerzos en una empresa cuya consecución comprende y le hace sentirse realizado.

Una persona aprovecha el tiempo cuando pone todos sus esfuerzos en una empresa cuya consecución comprende y le hace sentirse realizado.

Alguien que trabaja por trabajar -porque cree que debe trabajar- en cualquier ocupación que lo degrada, sólo para ganar dinero y sin atender a sus inclinaciones intrínsecas; alguien que cree que carece de destrezas particulares, es alguien que se desprecia a sí mismo, que se siente insignificante, totalmente prescindible, alguien que no tiene en realidad nada que aportar a este mundo brutal. La felicidad plena del hombre en sociedad está condicionada por el grado de reconocimiento que se le tenga. Las personas no buscan poder, belleza, dinero per se, es decir, no buscan el poder por el poder o belleza por belleza, sino que estas abstracciones son el medio útil para la consecución de un fin, en cuyo fin descansa la idea de llegar a alcanzar algún tipo de reconocimiento de sus congéneres, bastándose, entre otros, de los medios antes citados. Estas abstracciones (poder, dinero, belleza) no serían perseguidas, por ejemplo, por el náufrago Robinson Crusoe, ya que carecerían de sentido en una isla solitaria. Un hombre sólo puede ser verdaderamente feliz  en una sociedad que lo valore no por lo que tiene sino por lo que es. Un hombre no nace, se hace.

Un hombre no nace, se hace.

El hombre además de un ser social es un ser espiritual. Parece que esto último se nos ha olvidado. Cultivar las relaciones sociales es importante, pero cultivar una vida interior, espiritual, lo es aún más si cabe. Corren tiempos difíciles. Al menos eso dicen los medios de comunicación. Se habla a todas horas de la crisis económica que nos sacude -y, por tanto, según la lógica capitalista, nos anula-, pero son muy pocos los que osan cuestionar la pobreza en la vida espiritual de las personas. Los capitostes de este mundo se esfuerzan en encauzar el rio desbordado considerando únicamente los aspectos económicos. Mientras tanto, hay cada vez más hombres y mujeres infelices. Personas que no saben cómo conducir sus vidas, hacía donde dirigirlas, porque nadie les ha enseñado a hacerlo. El hombre nace en la esclavitud, y en la esclavitud vive si no logra alcanzar la libertad por medio de la sabiduría. Sapientia sola libertas est. [Sólo la sabiduría es la libertad] No hay que confundir sabiduría con erudición. Son dos conceptos diametralmente opuestos. La erudición es lo que nos enseñan en el colegio y que, en mi opinión, sólo sirve para enaltecer la pedantería de las personas y para participar en algún que otro concurso televisivo estilo “Quién quiere ser millonario”. La erudición consiste en almacenar datos de dudosa eficacia práctica, como, por ejemplo, aprenderse todas las capitales y ríos de España cuando, lejos de visitarlas todas, permaneceremos la mayor parte de nuestras vidas ocupados en otros derroteros. La sabiduría, en cambio, es la capacidad de guiar adecuadamente la vida. El estado de sabiduría no es algo que se pueda medir fácilmente en términos cuantitativos (como sí se hace con la erudición) ya que no es un elemento empírico y concreto que se pueda observar o entender con los sentidos. La sabiduría es una habilidad, algo que la persona posee y que ha logrado desarrollar con el tiempo. Esta sabiduría se hace evidente en diferentes actos que la persona puede llevar a cabo, como por ejemplo en el dar consejos, en el mediar en un conflicto, en actuar de manera inteligente y mesurada en situaciones críticas, etc. La sabiduría, por tanto, sí es algo práctico que por desgracia no se enseña en los colegios. Me pregunto por qué será…

Lo que nuestro mundo necesita no es una revolución económica, lo que verdemente necesita es una revolución espiritual. No soy el primero que dice esto. Muchos pensadores que me preceden ya lo habían considerado desgraciadamente sin mucho éxito. Es una tarea ardua y de proporciones hercúleas, pero es la única vía que concibo para escapar de este pozo en el que llevamos hundiéndonos desde hace tanto tiempo y que aún a día de hoy no hemos sido capaces de escapar. Debemos pensar en tener menos y ser más, y actuar por supuesto en consecuencia. Porque no únicamente buscamos poseer objetos materiales; nuestra cultura nos impele a poseerlo todo. El hecho más palmario de esto se observa en las relaciones interpersonales, cuando en lugar de disfrutar de nuestras relaciones las intentamos subyugar, poseer, hacerlas solamente nuestras, para nuestro uso exclusivo. Esto es un error que nos privará no sólo del disfrute de susodichas relaciones, sino que nos sepultará en la melancolía, ya que estaremos todo el día pendientes de nuestras posesiones. Vivir libremente es vivir sin poseer. Disfrutar sí, pero sin poseer. La persona madura, dice Rafael Santandreu, sabe que la única forma de disfrutar de los bienes de la vida es estar dispuesto a perderlos. De lo contrario, la tensión inherente a la posibilidad de perderlos es demasiado grande. Sólo podemos disfrutar de lo que podemos prescindir.  

Sólo podemos disfrutar de lo que podemos prescindir.

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