Vivir es decidir y decidir es vivir

deciciones

Cierta vez, un burro tenía mucha hambre, pues hacía varios días que no había podido ingerir alimentos. Una mujer, afligida por el sufrimiento del pobre animal, le llevó un apetitoso fardo de heno y otro de alfalfa, igualmente tentador. Colocó uno a cada lado del animal y se retiró para que el burro se diera el gran festín. Al cabo de un tiempo volvió con dos nuevos fardos y se encontró con una verdadera sorpresa: el heno y la alfalfa estaban intactos y el burro yacía entre ambos sin vida. ¡Había muerto de hambre! No había sido capaz de escoger. La paradoja del burro muestra claramente una de las respuestas más comunes frente a dilemas importantes: la indecisión.

En la vida cotidiana, permanentemente estamos tomando decisiones de todo tipo. La gran mayoría de decisiones las resolvemos sin apenas esfuerzo. Sin embargo, hay otras que se nos atragantan y nos plantean serias dudas; dilemas que pesan tanto sobre nosotros que acaban por bloquear e inmovilizar nuestras acciones. Cuando nos encontramos ante estas situaciones, tendemos instintivamente a postergar nuestro dictamen, lo que nos crea un malestar y una angustia insoportable, ya que, como dije en el último artículo, tanto más sufre y se atormenta el hombre cuanto más tiempo se demora en sus resoluciones. En estas circunstancias, bajo el yugo de la indecisión, se manifiesta una actitud medrosa que impide que nos enfrentemos, cara a cara, en un duelo a muerte, a los problemas. En lugar de esto, escogemos el camino más fácil: la senda de la evasión y el olvido. Es más sencillo hacer ver que las dificultades no existen a enfrentarse a ellas. Es más práctico autoengañarse y perderse en quimeras que nos hagan creer que los problemas llegarán alguna vez a resolverse por sí solos, sin nuestra actuación, que afrontar la cruda realidad. Pero, no nos mintamos: no lo hacen. ¡Debemos actuar y con rapidez!

Cualquier camino que elijamos será el correcto, siempre y cuando sea nuestra decisión.

Cualquier camino que elijamos será el correcto, siempre y cuando sea nuestra decisión. Ineludiblemente las personas estamos constantemente decidiendo. Hagamos lo que hagamos, vayamos a donde vayamos, por insignificante que sea el problema, nos hallamos decidiendo. La peor decisión, decía Benjamín Franklin, es la indecisión. Y sin embargo, estamos constantemente acosados por la tiranía de la indecisión. No es fácil decidir. Nadie ha dicho que lo sea; de hecho nunca lo ha sido. Pero lo que no podemos hacer es lavarnos las manos como Poncio Pilatos y dejar que otros decidan por nosotros. Eso nunca, pues vivir es decidir y decidir es vivir. No decidir es renunciar a vivir, a vivir nuestra propia vida, porque si no somos nosotros los que decidimos, entonces serán otros quienes se tomarán las molestias de decidir por nosotros, y no creo precisamente que lo hagan teniendo en cuenta nuestras inclinaciones… Por tanto, no queda otra: ¡decidamos!

Una buena decisión es aquella que ha sido medida a conciencia y tomada con determinación.

Una vez tomada la decisión lo más importante es no arrepentirse. Esto determinará si verdaderamente ésta ha sido la acertada. Antes de decidir hay que pensar; pensar mucho y bien. No vale precipitarse. Una buena decisión es aquella que ha sido medida a conciencia y tomada con determinación. Tomémonos, pues, nuestro tiempo. Evitemos  el arrepentimiento.

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