Entre la vida y la muerte

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El sol, resplandeciente y burlón, ocupaba ya su sitio en lo alto de aquel cálido día de verano, sobresaliendo sobre las sedosas nubes que, distraídas, surcaban apaciblemente el cielo. Abajo, en la esfera de los mortales, se hallaba, solitario y abatido, un hombre de complexión recia y tez bronceada, de nariz aguileña y frente despejada, que se debatía entre la vida y la muerte; dudaba entre arrojarse al abismo y abandonar aquella miserable existencia o seguir soportándola estoicamente. No era la primer vez que Ronald había pensado en el suicido como vía de escape. Huir, dejar atrás el mundo en el que había sido lanzado sin quererlo, no era para él una opción, sino un imperativo cuya acción debía afrontar pronto, porque tanto más sufre y se atormenta el hombre cuanto más tiempo se demora en sus resoluciones.

Tanto más sufre y se atormenta el hombre cuanto más tiempo se demora en sus resoluciones.

El musculoso Ronald hacía tiempo que padecía aquel sentimiento de angustia inacabable que aflora en el corazón de las personas cuando no consiguen realizar sus deseos, ya sea bien por algún impedimento externo e incontrolable, como interno y domeñable. Llevaba tiempo urdiendo su propia muerte, pero entre él y sus planes siempre se interponía el omnipresente obstáculo del miedo. El pánico que se adueñaba de su cuerpo cada vez que se enfrentaba a sus temores se convertía asimismo en excitación, y, esta, a su vez, en abatimiento. Pánico, excitación y abatimiento. Tres sentimientos contradictorios entre sí que, juntos, producían el cuadro psicológico de Ronald.

Siempre que se enfrentaba al vacío, se encontraba primero con el aterrador sentimiento de pánico que, una vez instalado en su cuerpo, se convertía en absurda excitación. El primero parecía decirle “no te arrastres al abismo, es una temeridad”; el segundo lo animaba a hacerlo con palabras como “hazlo, es emocionante, no pierdes nada”; pero, finalmente, llegaba, salvador, el último sentimiento: el abatimiento que, juguetón, se manifestaba constantemente absorbiendo cualquier vestigio de fuerza, ánimo o energía que quedase en él, arrancando la voluntad de renuncia a la vida, ya que un hombre sin energía carece de fuerzas suficientes para arrojarse siquiera al vacío. La manifestación postrera de este último sentimiento, gracias a este, ha conseguido mantenerlo con vida hasta el momento.

“Suicidarse es un acto egoísta, cobarde, y, por tanto, reprochable” -había escuchado Ronald decir a alguien en alguna conversación-. “Los que lo hacen son débiles, no son capaces de afrontar la dura prueba de la vida, y, por mi parte, no se merecen ningún respeto.” La cobardía -pensaba él- no tiene nada que ver; de hecho hace falta bastante coraje para suicidarse. ¡No!, lo que de verdad es egoísta es pedirle a otro que soporte una existencia intolerable sólo para evitar a parientes, amigos y enemigos un poco de examen de conciencia. El varadero egoísmo consiste en amargarles la vida a los demás ofreciendo un espectáculo grotesco. Y Ronald, al que nada lo ligaba a la vida, el que lo había perdido todo y sin embargo no había tenido nunca nada, se debatía entre seguir ofreciendo una imagen grotesca o solemne, entre la libertad o la esclavitud, entre la vida y la muerte.

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