Angustia y soledad

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Observo aquí y allá infelicidad, desesperanza, angustia y, sobretodo, desconcierto entre las personas. Sin embargo, muchas veces estos sentimientos permanecen encubiertos detrás de una máscara de radiante felicidad. De otro modo, seríamos censurados por nuestros congéneres; por una sociedad cuyo éxito sólo alcanzan las personas «aparentemente» risueñas. La gran mayoría de individuos llevamos puesta una máscara, pero tras ésta se esconde un ser confundido y angustiado.

«Un individuo», escribió Erich Fromm, «puede estar solo en el sentido físico durante muchos años y, sin embargo, estar relacionado con ideas, valores o, por lo menos, normas sociales que le proporcionan un sentimiento de comunión y «pertenencia». Por otra parte, puede vivir entre la gente y no obstante dejarse vencer por un sentimiento de aislamiento total, cuyo resultado será, una vez excedidos ciertos límites, aquel estado de insania expresado por los trastornos esquizofrénicos. Esta falta de conexión con valores, símbolos o normas, que podríamos llamar soledad moral, es tan intolerable como la soledad física; o, más bien, la soledad física se vuelve intolerable tan sólo si implica también soledad moral».

Lo seres humanos tenemos la imperiosa necesidad de relacionarnos con el mundo exterior, y, así, evitar el aislamiento. Hay dos cosas que nos unen a los otros: la necesidad de supervivencia y nuestra cultura. En un estado primitivo las personas debían unirse para poder sobrevivir. A medida que la sociedad ha ido evolucionando esta necesidad ha ido siendo substituida por la cultura, pues gracias al progreso tecnológico cada vez menos el hombre ha tenido la necesidad de unirse para sobrevivir. <<La cultura>>, dice el mismo autor, <<es el sucedáneo del instinto>>. El animal al poseer instinto no necesita cultura. En cambio, el hombre, ha tenido que crear una cultura, ya que sus instintos han ido despareciendo en pos de la educación. Pero, ¿qué ocurre cuando se tiene cada vez menos necesidad de unirse para sobrevivir, y cuando la cultura está siendo substituida por una cultura que en lugar de unir separa y despersonaliza? Es engañoso pensar que al rodearse de gente el hombre deja de sentirse solo. Somos testigos en nuestra época de este hecho: el individuo está a todas horas rodeado de gente, ya en los vastos centros comerciales, ya en las plazas, ya en las discotecas, y, no obstante, se siente más solo y vacío que nunca.

Es engañoso pensar que al rodearse de gente el hombre deja de sentirse solo.

Pero el individuo posmoderno no solamente se siente solo en medio de la inmensidad del mundo que lo abruma y aplasta, sino que también es tremendamente infeliz. En oposición a lo que se pueda pensar, el hombre del siglo XXI es más infeliz que las generaciones pasadas. Una vez despojado de la máscara de su aparente felicidad, el hombre, en su desnudez, queda solo, angustiado e infeliz. La creencia que prevalece hoy en día es la de que la felicidad se consume, como si se tratara de un plato de patatas. Cuando se terminan las patatas el placer de degustarlas desparece, del mismo modo, cuando se termina el objeto de nuestra dicha la felicidad desaparece. Las personas acuden a divertirse y a embriagarse a las discotecas. El objeto de su felicidad, por tanto, es la discoteca que lo mantiene distraído mientras se encuentra en ella. Pero cuando cesa la actividad, cuando el objeto de su felicidad se consume, entonces vuelve a encontrase a sí mismo y descubre lo que realmente es: un ser solitario y desgraciado. Erich Fromm lo dice con estas palabras:

<<La felicidad es un sentimiento de plenitud, no de un vacío que hay que colmar como en el caso del humano corriente, que por mucha diversión y placer que reciba, está fundamentalmente deprimido. Todas nuestras diversiones sirven al propósito de facilitarle la huida de sí mismo, refugiándose en los muchos caminos de escape que nuestra cultura le ofrece. En un mundo de diversión y distracciones, tiene miedo al aburrimiento y se siente contento cuando ha matado otra hora sin haber sentido el aburrimiento que le acecha>>.

Nos venden felicidad a raudales y a cambio obtenemos infelicidad y angustia. Tales son los contrasentidos en la “civilización del espectáculo”, como muchos pensadores han denominando. Rostros risueños por fuera y corazones infelices por dentro. Abundancia material conlleva vaciedad interior. Las sociedades occidentales han adoptado el hedonismo, esto es, la consecución del placer como fin supremo, como filosofia. A finales del siglo XVIII, con el comienzo del industrialismo, se creía falazmente que la abundancia de placeres, de objetos materiales, llevaría a la consecución de la felicidad. Hoy, en pleno siglo XXI, podemos afirmar que tales pretensiones no han sido tan sólo falsas, sino que se han convertido en nocivas para el hombre. Nuestra civilización cuenta con la mayor proporción de objetos materiales y de placeres por persona de la historia de la humanidad, que incluso generaciones anteriores no hubieran sido capaces siquiera de imaginar. Sin embargo nuestro mundo cuenta, también, con el mayor numero de persones con enfermedades psicológicas. El individuo de la era posmoderna no le halla sentido a la vida. Se limita a vivir una vida que le es impuesta por una autoridad, y al actuar de este modo se despoja de su verdadero “yo”. Pierde conciencia de sí mismo, y al perderla se siente desorientado en un mundo que persigue unas metas que él no es capaz de entender. Lo que debe quedar claro, es que la vida del hombre se funda sobre una mentira (dígase esta sistema). El hombre pierde conciencia de sí mismo y la autonomía que le caracterizan cuando es expulsado de su estado natural, al tiempo que entra dentro de un conjunto intrincado de leyes morales y de convivencia. Dicho de otro modo, cuando aparece un sistema que lo gobierna y le dice cómo debe vivir el individuo pierde su “esencia”, su consciencia, y se deja llevar por dictados ajenos a él. Este es el momento en que el hombre pierde la mayoría de edad, digamos, y vuelve a su minoría. En este punto se convierte en un menor de edad a quien le tienen que decir todo, y como tal su vida debe ser guiada por una instancia superior, en este caso por un sistema que lo aleja de la realidad. Las personas en la prehistoria cuando nacían lo hacían en la naturaleza, en su ámbito, con lo cual sabían lo que tenían que hacer, conocían su finalidad. En cambio, a medida que el hombre ha ido progresando, lo que ha ocurrido es que se ha ido creando un “mundo” que no es real. Este “mundo” ilusorio es la civilización, la sociedad en la que nacemos y vivimos. Un bebé hoy día nace y vive dentro de este mundo falso, y es educado para ser un “inútil”, para que no sepa vivir sin las instrucciones de un líder que lo guíe ¿Porqué las personas actúan como actúan y son como son? Las personas son como su educación ha querido que sean. Y en un “mundo” falso sólo los más diligentes con su educación serán capaces de volver al mundo “verdadero”.

La finalidad de la vida es vivirla intensamente, nacer plenamente, estar plenamente despierto. Ser capaz de amar la vida y, sin embargo, aceptar la muerte sin terror; tolerar la incertidumbre acerca de las cuestiones más importantes con que nos enfrenta la vida, y no obstante tener fe en nuestras ideas y nuestros sentimientos, en cuanto son verdaderamente nuestros. La persona enajenada no puede ser sana. Puesto que se siente a sí misma como una cosa, como una inversión que puede ser manipulada por él mismo y por otros, carece del sentido del yo, carencia que crea honda ansiedad.

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