Lo que la habitación oculta

puerta amarilla

Imagínate por un momento que vives con tu abuela en una lujosa mansión. Vivís solos, ella y tú. El caserón, además de lujoso, es enorme; tiene tres mil metros cuadrados y cuenta con cientos de habitaciones. Una vivienda colosal. Imagínate también que tu abuela te da carta de libertad para que puedas disfrutar de la mansión a tu antojo; puedes usarla, por ejemplo, para organizar macrofiestas con tus amigos y alardear de casa o puedes simplemente disfrutar de la tranquilidad que esta ofrece. Tu abuela sólo te impone una condición: que no entres nunca, bajo ningún concepto, a la habitación de la puerta amarilla que hay en el tercer piso, contigua a tu dormitorio. La primera pregunta que te asalta es <<qué hay en esa habitación misteriosa>>. Y no sin razón, pues como bien sabes hace falta que te digan un <<no puedes>> para despertar en ti un <<necesito hacerlo>>. De modo que los días irán pasando, uno detrás de otro, y por cada día que pase tu inquietud irá en aumento; el hecho de desconocer lo que hay detrás de esa puerta te intranquiliza, hasta el punto que la misteriosa habitación pasa a ocupar gran parte de tus pensamientos. Lo oculto te inquieta. Lo desconocido te atrae. Lo inaccesible te seduce. Tienes en realidad cientos de habitaciones para disfrutar, pero las ignoras todas. Ninguna te atrae como lo hace la habitación de la puerta amarilla. <<Porqué -te preguntas-, teniendo para disfrutar tantas otras habitaciones, en mis pensamientos sólo tiene cabida la idea de descubrir que hay en esa habitación. ¿Porqué?>> Llegará un día en que, cansado de imaginar, querrás descubrir, cueste lo que cueste, que es lo que oculta esa puerta amarilla. Ese día ha llegado. Decides entrar. No soportas más la idea de tener que aguantar los aguijonazos de curiosidad que te hieren cada vez que pasas por delante de esa habitación. Pero antes debes hallar la llave que esconde tu abuela. Y conociéndola sabes que no será fácil encontrarla. ¡Pero finalmente la encuentras! <<Al fin tengo entre mis manos -piensas- la llave que me permitirá acceder a lo desconocido, a lo misterioso, y que todo este tiempo ha permanecido oculto para mí. Finalmente vislumbraré lo que aquella enigmática habitación ha llevado ocultándome durante todo este tiempo y que tanto ha excitado mi curiosidad>>. Aunque la casa es grande y tu abuela siempre esta tendida en el sofá del comedor mirando la televisión, prefieres no jugártela a ser sorprendido por ella con las manos en la masa. Prefieres esperar a que se ausente. Listo no lo sé, pero precavido sí que eres.

A la mañana siguiente tu abuela no se encuentra en casa; ha salido, como de costumbre, a llevar a término uno de sus paseos diarios que el médico le ha recomendado. <<¡Esta es la tuya!>>, exclamas nervioso. Inmediatamente te diriges a la habitación de la puerta amarilla, y en cuanto introduces la llave en el cerrojo te asaltan remordimientos: <<No debería hacerlo -te dices a ti mismo>>. Pero no le haces caso a tu conciencia y abres. La puerta chirría al abrirse. Llevabas tanto tiempo especulando e imaginando sobre lo que podría hallarse detrás de esa puerta, que el simple hecho de verte allí, abriéndola por fin, te estremece. Una vez abierta, ya no hay ningún obstáculo que te impida descubrir los misterios que esa puerta oculta. Ya no hay nada que te impida ver lo que hay dentro. ¿Y qué hay dentro? Nada. Absolutamente nada. La habitación está vacía.

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