Arual (prólogo del libro que estoy escribiendo)

Una corriente de aire helado recorrió el espinazo de Arual despertándola de su inquieto sueño. Molesta, quiso revolverse en su cama para acomodarse, pero desistió rápidamente al percatarse de que tenía el cuerpo entumecido como si hubiera estado durmiendo en un lecho de piedra.

Había pasado una noche espantosa, azotada por unos extraños sueños que se distorsionaban y diluían cuando pretendía escudriñarlos en su memoria. Apartó esos pensamientos de su mente: sólo de intentarlo le producía jaqueca. Seguramente la noche anterior se hubiera excedido con el alcohol.

También notaba una molesta picazón en la espalda pero ya se preocuparía de eso en otro momento, ahora mismo sólo quería descansar y ese maldito frío helador se lo impedía.

Quiso tantear a ciegas con la mano en busca del cobijo de su amorosa manta de terciopelo rojo. ¡Qué ganas tenía de envolverse en su cálido abrazo y seguir durmiendo hasta pasar la resaca! Pero cuando estiró la mano, no pudo. Estaba encadenada. No se encontraba en casa.

Asustada y confusa abrió los ojos. Oscuridad absoluta.

-¿Qué es este lugar?- masculló Arual, intentando inútilmente deshacerse de los grilletes que la maniataban. Y entonces lo recordó: llevaba varias noches en aquel lugar. Pero lo recordaba todo muy borroso. Se sentía confundida.

La poca luz que entraba por el intersticio de la puerta, dejaba intuir que en el exterior hacia un día soleado, gobernado por un rubicundo sol. En aquel lugar, sin embargo, no había luz, y el aire que se respiraba era fétido y pegajoso. Si permanecía más tiempo en aquel sitio la humedad acabaría por dañarla.

Nunca había sido una chica delicada, como, por ejemplo, su hermana, que siempre le gustaba jugar a la doncella y el príncipe y cortejar con chicos. Arual aborrecía estos entretenimientos. Lo suyo era la aventura; vivir día tras día experiencias diferentes y apasionantes, que le alejaran de la seguridad y la monotonía de la corte.

Viajar, recorriendo todos los lugares de este mundo, era lo que más deseaba hacer en esta vida. Y no sólo viajar para su disfrute personal, sino viajar para descubrir otros lugares, observar como la gente vive en estos sitios y ayudar. Ayudar al prójimo era, según su opinión, la única finalidad en la vida. Y la más noble, sin duda.

Arual es el nombre que su hermana le puso cuando eran pequeñas. Hubo un tiempo en que su hermana adoptó la pertinaz manía de leer los nombres al revés. Laura era su verdadero nombre, mas desde entonces pasó a decirse Arual; nombre que le gustaba sobremanera, ya que se ajustaba más al nombre que podría tener la heroína de una novela.

Antaño era una chica de ojos azulados y pelo lacio áureo, presta siempre a ayudar a las personas. Continuamente tenía una sonrisa dibujada en la faz, y la gente que la conocía no desestimaba nunca su perenne buen humor. Sin embargo, en estos últimos años, tanto su aspecto físico como su personalidad habían cambiado. Había substituido las sonrisas por las muecas de desdén; de ser una chica que sonreía por todo había pasado a ser la apatía personificada, lo cual, semejante cambio, preocupaba a las personas más allegadas.

Cuando a un ser humano se le coarta la libertad física, esto es, se le priva de libre circulación, no tiene más remedio que recorrer a la libertad intelectual. Cuando uno se encuentra imposibilitado de vivir la vida, su vida, por circunstancias exógenas que le sobrevienen, debe, entonces, buscar otras alternativas de vida que consigan ahuyentar la enfermedad y la infelicidad. La única salida que tienen los presos de vivir la vida es imaginando y recordando. Gracias a la recreación mental pueden llegar a soportar su desgracia, pero nunca librarse de ella. Es por ello que, Arual, no se contentaba con sumirse en el subterfugio de los recuerdos, pues no era la vía que le iba a sacar de aquel lóbrego lugar. Pero, ¿qué podía hacer sino soñar? Eran tantos los recuerdos que se arracimaban en su cabeza. Tantos…

De pronto el chirrido de las bisagras de la puerta le advirtió de la llegada de alguien.

-Pero a quien tenemos aquí- gruño el hombre de pelo entrecano, inclinando la cabeza mientras cerraba la puerta que separaba el mundo exterior del mundo en donde se encontraba Arual postrada contra su voluntad.

Escuchar la socarronería de aquel energúmeno le daba asco. Despreciaba a aquel carcelero, pues aquel hombre sólo sabía mostrar desprecio y repugnancia para con los reclusos. No había visto nunca sonreír a aquel violento celador, no obstante, ella siempre intentaba congraciarse con él, pues el último cautivo que se burló de él acabó sin dientes y con cuatro dedos del pie derecho menos. Arual no es de las que se arredran fácilmente, pero no valía la pena perder el tiempo con aquel inútil, de modo que, lo más sensato, era eludirlo.

-¿Qué no me escuchas niña?- continuó el celador-. ¡Ja, ja! ya entiendo… supongo que después de la embestida de ayer no tendrás ganas ni de hablar. ¿Qué no te habían follado nunca niñita? Pues no lo entiendo porque las niñas de catorce años son las más tiernas, las más pu…

No pudo terminar la frase. Arual, inexplicablemente, se deshizo de los grilletes que la maniataban. Atravesó de forma inverosímil los barrotes de hierro que les separaban y, una vez fuera de la cárcel, saltó, con la impetuosidad y la fuerza que da la rabia, el dolor y el sufrimiento de quién se sabe derrotado, y le clavó un cuchillo en la sien. El guardia cayó de inmediato. Inerte. Muerto.

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